En medio del dolor, acto de amor…

Difícil en la tragedia encontrar consuelo, cuando se pierde un ser querido no hay palabras para describir la tristeza del alma, menos cuando se trata de un hijo porque es un dolor indescriptible que ni siquiera la sociedad ha sabido bautizarlo, no tiene nombre.

Sin embargo existen las personas buenas, las que encuentran fortaleza en medio del dolor para realizar un acto de amor y eso nos deja sin palabras, una acción sublime, limpia, más allá de la maldad, que engrandece, porque pocos son los seres humanos que en la tragedia ven con los ojos del alma.

Cuando nos cuestionamos que clase de sociedad podrida estamos viviendo, en qué momento se deterioró el tejido social, es cuando surgen respuestas, rayos de luz que indican que no todo está perdido, que es momento de que reaccionemos y contrarrestemos la maldad con amor.

Lo antes mencionado es por la decisión de los padres del jovencito HECTOR ALEJANDRO MENDEZ RAMIREZ que falleció el pasado lunes a consecuencia de golpes ocasionados por el juego de la muerte, el bullyng, víctima de la inconsciencia de aquellos que practican esta clase de actos sin medir las consecuencias, sin darse cuenta que pueden marcar su vida para siempre, que después nada será igual.

Los padres del jovencito fallecido en medio del dolor, realizaron un acto de amor al donar los órganos de su hijo para dar vida, esperanza y felicidad a otras personas, una parte de HECTOR MENDEZ vivirá, y al resto de los tamaulipecos esa acción nos deja una enseñanza y nos obliga a la reflexión para encontrar que estamos haciendo bien y que estamos haciendo mal y cómo podemos contribuir de una manera u otra para mejorar nuestro entorno social.

Hoy hay cuatro muchachos que tendrán que afrontar las consecuencias de sus actos ante DIOS porque ante los hombres las leyes judiciales marcan la edad mínima para castigo corporal los 14 años y los muchachos agresores solo tienen 12.

Hay una realidad, debemos educar a nuestros hijos con valores, enseñarlos a respetar su vida y la ajena, a que entiendan que toda mala acción tiene consecuencias lamentables, que el resultado de conductas inadecuadas e inconscientes desencadena situaciones que marcaran para siempre su existencia.

Cuando ocurre una desgracia no solo lo lamentan quienes las sufren también quienes participan en ella, después de una mala acción ya nada será igual.

La educación de nuestros hijos es tarea de todos, un compromiso ineludible de los padres, en el caso que indigno y conmovió a la sociedad victorense, mucho se ha hablado de la maestra que obviamente también debe ser llamada a cuentas y sancionada por permitir la agresión y no prestar atención.

Ayer en la escuela donde se registraron los hechos los compañeros de HECTOR pedían justicia y castigo para los jóvenes agresores y por supuesto que deben tener un castigo.

¿ Y los padres de esos cuatro muchachos?, también habría que investigarse que les enseñan en casa, si los actos violentos son la constante como para que los jóvenes los vieran como normal, aun son niños y a esa edad muchas veces son el reflejo de lo que ven en el hogar.

Casos como el vivido muestran que nada vale la pena más que la atención a los hijos, nada justifica el descuido de los padres que por comodidad, hastió o trabajo los dejan ir por la vida haciendo su voluntad, sin freno, sin autoridad que les marque el camino correcto, no es bueno que la violencia para jóvenes como los agresores de HECTOR sea normal, que crean que así pueden ganar respeto y sobresalir en la vida.

Se siente tristeza por lo sucedido, tanto por el jovencito que perdió la vida y su familia pero también por los desorientados agresores que tendrán que afrontar sus actos y vivir con la culpa, pero da alegría que en medio del dolor los padres de HECTOR realizaron un generoso acto de amor al donar los órganos de su hijo para que otras madres puedan sonreír, otros padres puedan abrazar a sus hijos, otros seres tengan vida, esperanza y felicidad.

Ojala que el acto de amor de los padres de HECTOR sensibilice, que todos reaccionemos y vigilemos más el comportamiento de nuestros hijos, que la tragedia sirva de experiencia, que los jóvenes tomen conciencia de sus actos, que aprendan a darle el justo valor a las cosas y que la integridad de las personas se respeta, que entiendan que después de una desgracia ya nada es igual.

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