AL VUELO-Dichos

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Por Pegaso

«El dicho que haz dicho que yo he dicho es un dicho que no he dicho».

Estaba yo sentado en el mullido cumulonimbus, ahora que los hay en abundancia por el frente frío estacionario número 62 pensando en lo que me dijo un amigo hace unos cuantos días.

Me dijo: Oye, Pegaso, ¿por qué siempre pones un dicho al final de tu columna? ¿Y por qué primero lo escribes de una forma y luego de otra? No lo entiendo.

Le contesté: «Pues porque se me da mi regalada gana».

Pero a ustedes, mis dos lectores, lectores fieles, no puedo decirles lo mismo y por eso, he aquí la explicación de por qué siempre pongo un dicho estilo Pegaso.

Creo firmemente que buena parte del folclore mexicano se basa en los dichos populares, en los refranes, en las palabnras sabias que nos decían nuestros padres desde que éramos tiernos infantes.

«A buen entendedor, pocas palabras»,-nos solían decir cuando no era necesario dar una explicación más detallada.

«Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente»,-cuando tardábamos en reaccionar y otro más vivillo se llevaba la mejor parte de algo.

Los cichos populares mexicanos son filosofía pura, son cápsulas de experiencia concentradas.

No se requiere leer toda una enciclopedia para saber, por ejemplo, que vale más pájaro en mano que cientos volando.

Todos los mexicanos nos sabemos un número considerablemente grande de dichos, porque desde que nacemos hasta que morimos los tenemos presentes a todo momento y en cualquier lugar.

La tradición, sin embargo, se remonta muy atrás, en la España medieval y renacentista, donde había dos tipos de lenguaje, el docto y el popular, aunque se trataba de una sola lengua.

Don Quijote se quejaba continuamente del léxico de Sancho Panza, quien en cada frase intercalaba un refrán.

La tradición llegó a México de la mano de los españoles y bien pronto nos la apropiamos, convirtiéndola en un rico acervo cultural.

Le decía hace algunos años a mi amigo, Ramón Durón Ruiz, «El Filósofo de Güemez», que las ingeniosas y picarescas frases de ese conocido personaje tienen su origen en un tal Pedro Grullo, que vivió en España hace varios siglos. De ahí viene la palabra «perogrullada» cuando nos referimos a una frase que por sí es evidente, como: «En política, si las cosas no cambian es que siguen igual».

Coleccionar dichos populares mexicanos es una afición para muchas personas en el país, conocedores de la sabiduría que contienen.

Es bien sabido que cuando un padre o una madre quieren darle un mensaje moral a su vástago, hace uso de los refranes como una verdad absoluta, como una guía por donde deben irse para evitar los errores que ellos ya cometieron.

Ahora que, por otro lado, siempre me ha parecido chusco interpretar las floridas expresiones del populacho a un lenguaje más elegante, de más caché, porque también la gente de la clase alta son herederos de ese vasto conocimiento, pero es impensable que doña Lisandra de la Corcuera y Junco de la Vega le hable así a sus vástagos: «El que tiene más saliva, traga más pinole».

La versión náis sería: El individuo que genera una mayor salivación es capaz de ingerir una mayor cantidad de polvo de garbanzo adicionado con azúcar de caña».

Y entonces el chamaco respondería: «Lo he entendido, querida progenitora».

Por eso yo recomiendo a mis escasos lectores que coleccionen los dichos estilo Pegaso.

Imagínense la siguiente situación: Están con un amigo muy apreciado, pero de repente les habla una fémina que los trae arrastrando la cobija. Inevitablemente el amigo se quedará sólo y ustedes acudirán al llamado de las hormonas.

Entonces, meneando la cabeza, tendrá les dirá resignadamente: «la tracción que ejerce el tejido capilar de una hembra humana es inversamente proporcional a la fuerza ejercida por un carromato tirado por dos ejemplares del animal cuadrúpedo denominado Bos taurus». (Jala más el cabello de una mujer que una carreta de bueyes).

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