Por Pegaso
Andaba yo volando sin rumbo fijo, meditando sobre los últimos acontecimientos ocurridos en Tamaulipas en torno a esta absurda guerra entre bandas rivales de la delincuencia organizada.
Hoy le toca el turno a la capital del Estado, Ciudad Victoria. En días pasados nos levantamos con la terrible noticia de una familia masacrada, tiroteos, explosiones y hasta amenazas de muerte.
En el 2016 se cumplen diez años desde que el entonces Presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa declaró la guerra al crimen organizado.
Parece que fue ayer cuando supimos de la Masacre del Puente Broncos. Un grupo de jóvenes que se trasladaban en un vehículo fueron acribillados por elementos del Ejército, allá, por el 2007.
Más adelante, casi en el mismo lugar, la primera balacera grande y tal vez la más famosa, cuando mi amigo Miguel Turriza se aventó el clavado al piso para seguir narrando valientemente el enfrentamiento que ocurría a unos metros de distancia.
A partir de entonces se sucedieron uno tras otro, como en un rosario, los hechos violentos.
Reynosa y Tamaulipas se hundieron en el terror y la guerra del narco y contra el narco parecía no tener fin.
Hoy, a una década de distancia, parece que estamos igual, o peor: La delincuencia se ha atomizado. De un grupo que había originalmente se han separado dos, tres, veinte, cincuenta células distintas y cada una quiere su parte del negocio.
La Wikipedia nos dice que «la guerra contra el narcotráfico es un conflicto armado interno librado en México que enfrenta al Estado mexicano y los grupos de autodefensa popular y comunitaria contra los cárteles que controlan diversas actividades ilegales, principalmente el tráfico ilegal de drogas. Esta situación comenzó el 11 de diciembre del 2006, cuando el Gobierno Federal anunció un operativo contra el crimen organizado en el Estado de Michoacán, donde a lo largo del 2006 se habían contabilizado cerca de 500 asesinatos entre miembros de los cárteles del narcotráfico.
Para enfrentarlos, el Gobierno mexicano ha privilegiado el uso de las fuerzas armadas. Desde el inicio del conflicto se ha movilizado a la Policía Federal en compañía de los cuerpos de seguridad de cada entidad federativa y de diversos municipios. A ellos se han sumado el Ejército y la Marina.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Seguridad Pública federal, hasta marzo del 2010 se hacía detenido a 121,199 personas a las cuales se ha cinculado con grupos del crimen organizado. Entre diciembre del 2006 y enero del 2012 se estima que han muerto alrededor de 60 mil personas mediante ejecuciones».
A la fecha ya vamos pegándole a los 200 mil muertos, si se incluye a los desaparecidos.
La situación ha llegado tan lejos, que muchas personas ya piensan en armarse hasta los dientes y convertirse en gatilleros para poder defenderse de los criminales.
Porque mientras que en Estados Unidos se permite tener en la casa desde una resortera hasta un acorazado, en México están prohibidos incluso los tirabolas.
En su página de Facebook, por ejemplo, desde hace más de un año el ex jefe del Departamento de Ecología de Reynosa, Carlos Herrera Duremburg, quien ahora vive en Mission, Texas, insiste en que se debe modificar la Ley de Armas y Explosivos para permitir a la población tener en su vivienda armas de mayor calibre.
La iniciativa se ha retomado en distintos foros, pero traigo a colación el tema porque en mi chat, Pegaso, algunos de mis contactos empezaron a comentar sobre una información generada en la zona sur de la entidad, donde el Coordinador Regional de Seguridad Pública, José Marines Juárez llamó a la ciudadanía a no temer a la delincuencia, a enfrentarlos y a someterlos «conforme al Artículo 16 Constitucional».
Las reacciones no se hicieron esperar, ya que hubo opiniones en torno a que cualquier ciudadano que logra someter, herir o hasta matar a un delincuente, se enfrenta con acusaciones tales como portación ilegal de armas, lesiones o asesinato, y muchas veces va a parar con sus huesitos a la cárcel por el sólo hecho de defenderse o defender su patrimonio.
«Cuando autoricen que estemos armados se acaban muchos problemas, el delincuente le va a pensar dos veces atracar»,-aseguraba alguien en el chat.
Mi comentario en son de guasa fue: «Yo compraría una Barret, una Gottleb y un fusil de riel. Je, je».
Creo, en lo particular, que el Gobierno no quiere modificar la ley para que la ciudadanía tenga forma de defenderse, ante los escasos resultados y lo caro que nos cuesta a todos los mexicanos mantener a los soldados en las calles.
Lo que realmente le aterra es que la población esté armada y se genere una revolución.
Piensen, queridos lectores: Si actualmente los maestros de Chiapas, Guerrero y Oaxaca le están pateando el trasero a la autoridad, ¿qué no estuviera pasando en estos momentos si anduvieran armados?
En el 2016 se cumplen diez años de una guerra declarada por el Gobierno en contra de la delincuencia organizada. Una guerra que ya se perdió, porque parece que en lugar de avanzar, vamos para atrás.
El refrán estilo Pegaso dice así: «Observas el temporal y te niegas a tomar una posición genuflexa, con ambas articulaciones centrales de los miembros inferiores situadas a ras de piso». (Ves la tempestad y no te hincas).


