Por Pegaso
¡Perdón! Les pido perdón a mis dos o tres lectores por todas las leperadas, desatinos y exabruptos plasmados en ésta columna durante poco más de un año que tiene de existencia.
Y es que estaba yo de relax, en mi muy mullido comulonimbus, allá, en el cielo de Monterrey, pensando en cómo la palabra «perdón» se ha puesto muy de moda.
Por eso yo pido perdón por toda la ristra de dislates pergeñados en éste espacio. Pido perdón por haber concedido el codiciado galardón «El Pegaso de Oro» a Gustavo Cárdenas, inmerecido reconocimiento, si nos atenemos a la opinión de Eva Reyes.
¡Perdón! como dijo Poncho De León ante unos desconcertados panistas cuando en un acto de ese partido agradeció al PRI por haber impulsado su carrera política; fue algo así como nombrar la soga en casa del ahorcado.
¡Perdón! pidió el Presidente Peña Nieto por el asunto de la Casa Blanca. Creo, sin embargo, que debió pedir perdón por llevar al país al borde del precipicio, por ser incapaz de solucionar el tema de la inseguridad, por ser un monigote en manos de Carlos Salinas, por pelearse con los maestros, por el caso Ayotzinapa, por los asesinatos a periodistas…, y el espacio que me concede éste medio de comunicación no alcanzaría para enlistar todos los errores, involuntarios unos y con conocimiento de causa los más, que ha cometido éste gobierno.
El perdón, si se pide de todo corazón, si se promete enmendar los errores y si éstos no se vuelven a repetir, es un recurso válido.
En una pareja, el hombre o la mujer pueden tener equivocaciones. Y si hay cariño mutuo, el perdón es un recurso que se puede utilizar para hacer borrón y cuenta nueva.
En el tema religioso, el creyente va ante el altar, o en el confesioanrio ante un sacerdote y confiesa todas sus culpas.
Generalmente el prelado le receta cinco padres nuestros y diez aves marías, con la amonestación de que la actitud culposa no se vuelva a repetir. Y así sale uno con el alma toda limpiecita, listo para volver a pecar.
No ví en los ojos del Presidente la sinceridad que se requiere para que te crean que estás arrepentido, contrario a Poncho De León, a quien los panistas sí dieron fé de su palabra. (Luego se fue al Partido Convergencia y después se hizo independiente).
Pero no necesitamos ser políticos para arrepentirnos y pedir perdón.
Yo, Pegaso, me daré golpes de pecho y prometeré no decir tanta leperada, a menos, claro está, que Donald Trump Gane las elecciones en Estados Unidos o que me haga encabronar cualquier político, funcionario, líder o lo que sea.
Va el refrán: «No en cantidad tal que produzca combustión en el ícono de un mártir católico, pero tan deficiente que no llegue a iluminarlo». (Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre).

