Por Pegaso
Andaba yo volando allá, cerca del centro de la ciudad cuando recibí un mensaje por WhatsApp.
El mensaje de una de mis hermanas decía que mi padre fue extorsionado telefónicamente y le quitaron la cantidad de mil dólares, el equivalente a 18,600 pesos, al tipo de cambio actual.
Me dio rabia, pero también impotencia el pensar cómo unos infelices pueden hacerle eso a un anciano que apenas tiene para subsistir.
A éstas alturas ya nadie está libre de sufrir algún tipo de delito, llámese extorsión, secuestro, asesinato, robo o lo que sea.
Vivimos bajo la ley de la selva y ni los operativos militares o federales ni cualquier programa de construcción de parques de barrio parecen tener un avance. Más bien, estamos yendo para atrás.
Lejos de ser una solución, el uso de la fuerza contra la fuerza ha resultado un enorme fiasco porque los soldados y policías
forman parte del problema.
El caso de mi padre no es aislado. Todos los días alguna persona recibe una llamada donde se le notifica que algún familiar fue secuestrado y requieren un rescate.
Naturalmente, cuando eso ocurre, se obnubila la mente y la víctima no puede pensar con claridad.
Una de las modalidades de la extorsión es cuando el presunto secuestrador llama al número telefónico de la víctima diecindo que tienen a un familiar, generalmente una hija o un hijo, y que requieren determinada cantidad de dinero para soltarlo.
A fin de hacerlo más creíble, ponen al teléfono al «secuestrado», quien pide auxilio con voz desesperada y entre sollozos, lo que acaba por convencer al agobiado padre o madre.
Horas o días después del traumático suceso, la víctima suele comentar que en ese momento estaba asustada, que no podía pensar e incluso, asegura que no reconocía la voz del familiar secuestrado, pero aún así cayó en el juego de los delincuentes.
Otro tipo de extorsión telefónica ocurre cuando un «primo» o «sobrino» habla por teléfono con voz angustiada diciendo que lo detuvo la policía por un delito que no cometió y que le piden cierta cantidad de dinero.
La actuación acaba por convencer a la persona y ésta generalmente suelta el dinero que le piden, ya sea que tenga en el banco o que pida prestado. Realmente a los rufianes no les importa de dónde venga la marmaja, ni a qué persona están extorsionando. Creo en lo personal que venderían a su propia madre si esto les trajera alguna ganancia económica.
El delito en el país crece.
El Gobierno se declara impotente para detenerlo y es tiempo de pensar en nuevas estrategias.
Dentro de sus desatinos, Andrés Manuel López Obrador no anda tan errado cuando dice que no se puede combatir el fuego echándole más fuego.
Hay quienes piensan que se debe usar la inteligencia para contrarrestar al crimen organizado.
Países como Estados Unidos utilizan la tecnología para vigilar todas sus calles, sitios públicos y hasta los privados.
El «Big Brtoher» ya es una realidad en ese país, pero en México estamos muy lejos de contar con algo similar, ya que cada cámara que se coloca, la tumban, cada C4 que se inaugura lo haquean y lo utilizan para sus propios fines.
A mi juicio, no es sólo ese tipo de inteligencia (considerada como una serie de técnicas que permiten obtener información legal o ilegal de una persona o grupo de personas), sino la real, la humana, la que se debe utilizar.
Debemos convocar a las mentes más brillantes del país para formar un Consejo de Sabios. Un grupo ampliado con especialistas en cada materia, como psicólogos, antropólogos, informáticos, criminólogos y todo lo que termine en ólogos para que de ahí salgan rutilantes ideas que permitan acabar con ésta amenaza que pone en juego la estabilidad de toda una nación.
Pienso que de ahí podría salir algo bueno, y además, los sabios de ese grupo compacto no serían víctimas de la tentación del dinero, como los soldados y los policías, puesto que para ellos el conocimiento es la mayor riqueza.
Una Inteligencia Organizada contra el Crimen Organizado.
Recordad la Tercera Ley de Newton: A toda acción corresponde una reacción igual y contraria.
El uso de la fuerza bruta sin una inteligencia que la guíe, es tiempo, esfuerzo y dinero perdido, como ocurre hasta el día de hoy.
Sí, de detienen cabecillas de la delincuencia organizada, se recuperan drogas y armas, pero el problema persiste.
Una forma sencilla de usar la inteligencia desde nuestros hogares, para evitar las extorsiones telefónicas consiste en lo siguiente:
Hay que establecer una palabra clave en la familia, de tal forma que todos nuestros seres queridos la sepan y se la graven, sin que ésta trascienda más allá de nuestro ámbito.
Si llama alguien pidiendo dinero a cambio de liberar a un familiar secuestrado, es necesario conservar la calma y no entrar en pánico.
Acto seguido, se pide al delincuente que le pase al familiar para verificar que esté bien.
Si el criminal accede a la petición, el supuesto «familiar» va a actuar conforme a un guión, con gritos, lloriqueos y palabras de auxilio para disfrazar la voz y que la víctima no la pueda reconocer.
Es ahí donde entra el uso de la palabra clave. Si el «secuestrado» la dice, entonces hay que pensar que, efectivamente, lo han secuestrado. Si titubea o no la sabe, o saca cualquier pretexto, lo más recomendable es colgar y cambiar el número telefónico lo antes posible.
Se tiene conocimiento que los delincuentes, a fin de obtener datos personales verídicos, intervienen los teléfonos de sus futuras víctimas.
Hay programas en internet que se pueden bajar fácilmente para escuchar conversaciones telefónicas de terceros, lo que facilita mucho la tarea de los extorsionadores.
Un amigo de Televisa me decía que ahora en los penales ya no se permiten los teléfonos celulares. Es más, ni los de cabina funcionan.
Esta medida se tomó porque estaba comprobado que más del 80% de las llamadas telefónicas de extorsiones provenían de centros penitenciarios.
Muchos reos acostumbraban solicitar a sus familiares o conocidos de fuera que les compraran tarjetas de prepago.
Incluso los mismos guardias y funcionarios los proveían de ese instrumento a cambio de cierta cantidad de dinero. El negocio iba viento en popa porque por cada tarjeta que compraban, los extorsionadores y sus compinches obtenían miles de pesos.
El negocio al interior de los centros de reclusión no se acabó, sólo se trasladó al exterior.
Ahora la mayoría de las llamadas son desde fuera, y cualquiera que esté hablando por teléfono a nuestro lado puede ser un extorsionador en busca de víctimas.
Inteligencia Organizada contra Delincuencia Organizada.
No estaría mal.
Termino con el refrán estilo Pegaso, y dice: «El individuo valeroso conserva la vida hasta que el ruin así lo determina». (El valiente vive hasta que el cobarde quiere).


