AL VUELO-Bolero

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Por Pegaso

Andaba yo volando allá, por la plaza principal de Reynosa, donde un titipuchal de boleros se afanan por dejar limpiecitos y brillosos los zapatos de los parroquianos.

Y pues como traía algo sucias las pezuñas, bajé a que don Lalo me diera un trapazo para seguir adelante con la rutina diaria.

Sentado frente a don Lalo, viendo cómo los demás trabajadores de la grasa y el cepillo le echan ganas para sacar el diario sustento, incluyendo por supuesto al Conejo, fanático del Cruz Azul, me vino a la memoria aquella película de Cantinflas llamada precisamente El Bolero de Raquel.

Es icónica aquella escena donde una bella bailarina interpreta con cadenciosos movimientos la inmortal pieza del músico francés Maurice Ravel.

La confusión, y realmente la esencia de la película, surge del nombre de la melodía: El Bolero de Ravel, y de que el actor principal, Cantinflas, es un humilde bolero que da grasa afuerita de un teatro de burlesque.

Se escucha un grito que dice: «El bolero, el bolero». Y cantinflas, que estaba ahí cerca piensa que se refieren a él, así que se acerca al escenario donde la bailarina entra a escena con el creccendo, entallada en un vestido rojo, con el pelo recogido a la francesa.

Mientras la dama en cuestión sigue moviendo su esbelto cuerpo al ritmo de las notas musicales, aparece el mimo en escena, mostrando una de sus piernas con unos zapatos rotos y un pantalón sucio y desprolijo.

El bolero se acerca, se contonea, da unos giros y persigue a la bailarina en derredor de un farol, mientras que abajo, entre las mesas, un angustiadojefe de meseros se pregunta quién diablos es aquel sujeto desgarbado que echó a perder el acto de la artista.

Don Lalo no es Cantinflas, por supuesto, ni tampoco le gusta el baile.

Desde hace más de veinticinco años hace talacha en la plaza Miguel Hidalgo, limpiando el calzado de los clientes.

Un lamentable accidente lo dejó sin el brazo izquierdo. Sin embargo, se las ingenia para dejar los cacles limpiecitos y brillosos como un espejo.

A su lado derecho siempre tiene su caja repleta de pintura negra, café, blanca y gris, que son los colores que más se usan en el calzado.

A su alcance tiene también las latas de cera y grasa de la marca El Oso, varios trapos manchados de tinta y una colección de brochas y cepillos.

Empieza por aplicar una generosa cantidad de solución de jabón de calabaza disuelto en agua para quitar el exceso de suciedad de los zapatos.

Hábilmente maniobra la silla giratoria donde se sienta el cliente para acomodarla a su brazo derecho, mientras aplica sucesivas capas de tinta fuerte, grasa, cera y glicerina.

Termina con unas enérgicas pasadas de cepillo y el tallado con el trapo, al que ha aplicado unas gotitas de glicerina para que los zapatos queden brillosos, como acabados de salir de la tienda.

La moraleja que nos deja don Lalo es que todos podemos salir adelante con tan sólo la voluntad para hacerlo.

Muchas veces nos quejamos del trabajo, de la poca paga que recibimos, pero no nos ponemos a pensar que por lo menos no tenemos limitaciones físicas.

Más bien somos nosotros mismos los que nos limitamos y autosaboteamos.

Recordemos al más famoso de los minusválidos, conocido como El Manco de Lepanto, Miguel De Cervantes Saavedra, quien escribió la obra cumbre de la literatura de todos los tiempos: Don Quijote de la Mancha; o a uno de los más grandes genios de nuestro tiempo, Stephen Hawking, quien revolucionó la física cuántica sentado en su silla de parapléjico.

Termino con el refrán estilo Pegaso: «No existe más grande invidente que aquel individuo que no desea mirar». (No hay peor ciego que el que no quiere ver).

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