Por Pegaso
Desde acá, desde las alturas, puedo darme cuenta del enorme problema que aún representa el tema de la basura para Reynosa.
Y veo que no sólo se trata de echar responsabilidades sobre la autoridad, sino que cada uno de nosotros aportamos nuestro granito de arena para hacer de la ciudad una de las más sucias del Estado.
Colchones tirados en los solares baldíos, llantas en los canales, zapatos colgados de los cables de electricidad, inodoros viejos arrumbados en las banquetas…
La cultura del mexicano no es precisamente la de la limpieza. Y no es de hoy, sino de muchos años atrás que la ciudad apesta.
Administraciones van y vienen, de todo color y denominación (priístas, parmistas, panistas) y la cosa sigue igual.
Yo me pregunto, al ver desde acá arriba a mis primos, los equinos, qué sería de Reynosa sin la fuerza que mueve los desvencijados carretones que prestan el servicio de recolección.
Recién escuché en una entrevista con el encargado de Servicios Primarios, Antonio Rivas, que actualmente hay alrededor de veinte camiones del servicio de limpieza mismos que no se dan abasto, a pesar de que pasan dos veces por semana.
Generamos mucha basura, pero casi no reciclamos nada.
En otros países se ha hecho costumbre, en cada casa, tener un contenedor para los desechos orgánicos, otro para metales y otro para vidrio, de tal forma que se han creado empresas especializadas en reciclar que pasan todos los días a recoger gratis aquella basura que les va a generar una ganancia.
Difícil es para los gobiernos locales cubrir al cien por ciento este aspecto si no cambiamos nuestra propia cultura.
El tema de los carretoneros se cuece aparte.
Ya sea por cuestiones políticas o por humanidad, se les sigue permitiendo que hagan su chamba, recogiendo la basura urbana en aquellos lugares de difícil acceso para los camiones.
El carretonero se levanta temprano, luego de tomar un frugal alimento, se va al patio trasero de su humilde casa, revisa que el caballo esté bien, le checa las pezuñas, trae el carretón, cincha al animal y lo ata fuertemente al carromato.
Sale acompañado generalmente por uno o dos de sus hijos chamagosos, o a veces incluso por su esposa fodonga y casi siempre los va siguiendo un perro de raza corriente cruzado con de la calle.
La mayoría de ellos ya tienen sus clientes fijos, quienes que les pagan un promedio de 20 pesos por bote.
A pesar del feo aspecto que dan a la ciudad, es justo reconocer que sin los carretoneros, el problema sería aún más grave.
Mientras que en las altas esferas gubernamentales se discute el tema de la energía eólica, de la solar y del gas shale, hay que reconocer la aportación de la energía caballar a nuestra comunidad.
También hay que pensar que ya es justo y necesario jubilar a tanto caballo, mula y burro que deambulan por las calles jalando los pesados carretones y pensar en cómo sustituir el antiquísimo sistema de recolección por uno más moderno y funcional.
La Asociación Cavall proponía comprarles o financiarles bicicletas, pero eso resulta impráctico porque los recorridos son muy largos, desde las colonias hasta Las Anacuas.
A lo largo del tiempo han surgido otras propuestas, entre ellas, la de apoyarlos para que adquieran vehículos pick up, pero muchos de ellos se oponen porque gastarían más en gasolina, acostumbrados a dejar que pasten los caballos en cualquier baldío con suficiente zacate.
Hay que recordar también que muchas veces se argumentan razones políticas y hasta de humanidad, porque de esa actividad sobreviven miles de familias.
De cualquier forma, llegará el momento en que Reynosa tenga que prescindir de sus servicios y buscar formas más prácticas de recolectar los desechos urbanos.
¡Ah! Y por supuesto, generar un cambio en la mentalidad de los habitantes de Reynosa para que entren a la era del reciclado.
Los dejo con el refrán estilo Pegaso: «Al equino que es obsequiado no se le buscan defectos en la dentadura». (A caballo regalado no se le ve el colmillo).


