Por Pegaso
¡Ahhh, la juventud, divino tesoro!
Andaba yo volando allá, por las márgenes del río Bravo, recordando pasajes de mi ya lejana infancia, cuando nos íbamos en parvada a bañar y a pescar a las otrora tranquilas y límpidas aguas de ese afluente.
¡Cuántas aventuras, cuántas peripecias y cuántas anécdotas vividas!
Recuerdo que solíamos pasar las tardes, luego de la escuela, zambulléndonos alegremente, o echándonos clavados desde algún promontorio.
Algunos de aquellos traviesos adolescentes, cuando era temporada de melón o de sandía, se cruzaban el río, trasponían los carrizales y tomaban algunos de aquellos frutos que después devoraban alegremente a la sombra de algún mezquite.
Pero no sólo era ir al río a nadar, sino que también solíamos pasar el tiempo jugando al futbol llanero, en un lugar que antes era apropiado, cerca de la margen del afluente y que ahora está ocupado por porquerizas o invadido por la maleza.
Mi infancia y parte de mi juventud la viví en la colonia Chapultepec, conocida popularmente como El Chaparral, a unos cuantos metros del bordo de contención.
Mi familia llegó a ese lugar en el año setenta. Poco tiempo después ocurría el terrible accidente de la refinería, el cual nos hizo despertar asustados a media noche y correr hacia el bordo, desde donde se veían las fuertes explosiones.
Fenómenos como los huracanes nos tenían al filo de la cama, porque después venían las crecientes del río donde casi casi se desbordaba.
Solíamos jugar al trompo, a las canicas, al yo-yo o al burro castigado. Las chicas jugaban a las escondidas, a la cuerda o al bote salvación.
También practicábamos el changay, un juego donde se utilizan dos trozos de palo de escoba, uno grande y otro pequeño. Se hacía un hoyo en el suelo y se colocaba diametralmente el palo chico. El grande pasaba por debajo del pequeño, se levantaba y después se le aplicaba un golpe seco. Ganaba quien más lejos botara el palo chico.
En la televisión veíamos El Chavo del Ocho.
Como no teníamos para comprar un aparato, veíamos el programa por la ventana de una casa vecina. Y antes de la función, pasaba uno de los hijos de aquella familia para cobrarnos cinco centavos a cada uno.
Más adelante, ya con tele propia, a colores, veíamos algunos programas infantiles, como Plaza Sésamo.
Me divertían las aventuras de Enrique y Beto, el monstruo Comegalletas y la Rana René.
Disfrutaba con el Conde Contar: ¡Uno, un estornudo! ¡Dos, dos estornudos!
Abelardo cantaba: ¡Alrededor, alrededor, arriba, abajo, a través!, mientras que otros personajes interpretaban melodías sin sentido, como aquel monigote flacucho y barbón que se plantaba en medio dos jovencitas de trenzas y empezaba a cantar: «Maná, maná, matipi tipiiii». (Pueden hallarla en Google bajo el título: Plaza Sésamo Maná, maná.
Más adelante, en aquella bella época que me tocó vivir, nuestras madres compraban el jabón Zote o las bolsas de Axión, donde venían boletos para ir al cine Terraza Reynosa, que no era otra cosa más que la plaza de toros Reynosa.
Íbamos a ver las películas de acción, como El Santo contra Capulina, El Santo contra las momias, El Santo y las mujeres vampiro… Salíamos de la plaza luchando entre nosotros, sintiéndonos los héroes de la película.
¡Ahhh, qué tiempos aquellos!
Veo ahora, con tristeza, cómo los jóvenes utilizan el tiempo para enfrascarse en sus dispositivos electrónicos. Si están en el salón de clases, están texteando con sus cuates que se encuentran a unos pupitres de distancia. Si están en el receso, ven videos de sus bloggers favoritos, o continúan texteándose con los compañeros de clase. Salen de la escuela y van en el transporte o en el auto de sus padres pegados a la pantalla de su celular. Llegan, e igualmente, se vuelven a conectar para seguir conversaciones sin sentido con los amigos. Hay algunos que duermen hasta las dos o tres de la madrugada, y por la mañana, cuando sus padres les hablan para levantarse, difícilmente logran despegar el cuerpo de la cama.
Otro segmento de jóvenes siguen un modelo diferente. Deslumbrados y seducidos por la delincuencia, son carne de cañón para los grupos organizados.
Les dan un radio para que se pongan a vigilar en las esquinas y más adelante les proporcionan un arma, y ya se sienten los dueños del mundo.
Hay estudios estadísticos que indican un promedio de tres años de vida para éstos chavos, los cuales caen abatidos fácilmente por las balas de los soldados.
Ya se olvidó el trompo, ya se olvidó el yo-yo, el changay y la cuerda.
La juventud vive hoy tiempos difíciles, pero sigue siendo un preciado bien que no hay que malgastar.
Nos quedamos con el refrán estilo Pegaso: «De la forma en que yo te percibo visualmente, terceros me percibían; y de la manera en que actualmente me perciben, así te percibirán a tí». (Como te ves me vi, como me ves, te verás).


