Por Pegaso
Andaba yo volando allá, cerca de la Zona Dorada, porque recibí la invitación vía correo electrónico para asistir a una reunión con representantes de la liga premier de futbol de la segunda división a la que pertenece el club Reynosa FC.
Y fui sólo por pura curiosidad, para ver de cerca el sueño guajiro de los empresarios del deporte de traer algún día a Reynosa un espectáculo como lo es el futbol de primera división.
Creo que es más fácil que las bodoquitos del zumba lleguen algún día a tener la cintura de Talía que los maletas del equipo rojo de Reynosa lleguen a ganar la liguilla de ascenso.
Pero bueno. Decía que después de ese evento me fui volando al café París del boulevard Morelos, donde me había citado el Presidente de la asociación civil «Justicia Tamaulipas», Giovanni Barrios, una de las personas que estuvieron el lunes pasado con el Gobernador Cabeza de Vaca para tratar el tema de las personas desaparecidas y víctimas de la violencia.
De entrada, me parece que tiene razón al exigir que las autoridades se pongan las pilas y hagan su chamba como debe ser, con resultados.
Aunque las mismas autoridades reconocen sólo algunas miles de víctimas, Giovanni considera que tan sólo en Tamaulipas son entre 70 y 80 mil.
Yo, como Pegaso promotor de los derechos humanos me uno al dolor de todos los que perdieron algún familiar, o que aún lo andan tratando de localizar porque se encuentra perdido.
No imagino la angustia que sienten, pero también debemos caminar con pies de plomo porque la situación puede desvirtuarse fácilmente.
Resulta que a lo largo de los últimos años algunos padres, madres, hijos y hermanos de víctimas de la violencia empezaron a organizarse, a crear grupos, asociaciones y colectivos para presionar a las autoridades en la búsqueda o localización de sus seres queridos.
Pronto hubo asociaciones de asociaciones, colectivos de colectivos y el asunto creció tanto que el Gobierno de la República se vio en la necesidad de crear una Ley de Protección a Víctimas.
De esa ley se derivó una Comisión para la Atención a Víctimas, a la cual se destinaron recursos para tratar de resarcir en algo la pérdida, ya sea con apoyos económicos para gastos funerarios, atención psicológica y otros.
Sé que hay decenas de asociaciones que buscan a personas desaparecidas sólo en Tamaulipas, uno de los Estados más vulnerados por la violencia de los cárteles.
Y así, en la rebatinga por el dinero que se supone debe existir para apoyar a los familiares de las víctimas, la cosa empieza a chotearse.
Porque, según decía Giovanni Barrios, la Ley de Protección a Víctimas es muy ambigua en cuanto a qué tipo de persona puede ser considerada como tal.
Es decir, el padre, la madre o los hermanos de una persona secuestrada o asesinada, tienen derecho a ser considerados víctimas, pero hay casos en los cuales puede existir controversia.
Por ejemplo, tras la desaparición de una niña, la madre y el padrastro pretendieron entrar ambos en el padrón de víctimas, pero no se admitía a éste último. Una revisión de la ley permitió su ingreso, puesto que el concepto comprende a todo aquel que guarda vínculos sentimentales y de alguna manera es afectado en delitos considerados de alto impacto, como el asesinato, la violación o el secuestro.
Incluso un amigo puede reclamar que se le incluya en el padrón de víctimas, si así lo considera, y recibir beneficios como tal.
En fin, decía Barrios que en Tamaulipas, en los últimos dos años se ejercieron un promedio de ocho millones de pesos mediante el Instituto de Atención a Víctima, que no es la Comisión que debió crearse para ese renglón, sin embargo, ése recurso se gastó de manera discrecional y no se sabe en qué.
Es más, aún quedaron debiendo dos millones de pesos a familiares que solicitaron apoyos para gastos funerarios.
La ambigüedad de la ley puede causar más problemas que los que busca resolver.
Y el número de víctimas sigue creciendo.
Nos quedamos con el refrán estilo Pegaso: «El individuo que suele levantarse durante el alba a realizar sus trabajos cotidianos, generalmente es auxiliado por una deidad». (Al que madruga, Dios lo ayuda).


