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AL VUELO-Respetillo

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Por Pegaso

Andaba yo volando allá, por el rumbo de Jarachina Sur, a un ladito de la sede de la Base de Operaciones Militares que coordina la Secretaría de Marina, donde nos habían dicho que había un evento de cambio de mandos pero, ¡oh! decepción, resulta que también era una actividad privada y los periodistas tuvimos que quedarnos casi dos horas bajo un sol que caía a plomo.

Fue gracias a la atención de varios elementos de la Marina que no acabamos deshidratados, ya que trajeron botellitas de agua y jugos enlatados.

Yo, como Pegaso marcial, siempre he admirado la prestancia de los militares, y desde muy pequeño he tenido relación indirecta con las fuerzas castrenses, ya que mi padrino era Capitán del Ejército Mexicano.

Independientemente de que, como a todos, a los soldados también les gusten los billetes, la sufrida labor que realizan merece admiración y respeto.

Lo de los billetes lo digo porque no hay general pobre. Mi padrino, por ejemplo, tenía un chingo de propiedades en el DF y Veracruz. Casóse con una nieta de don Venustiano Carranza. Con eso les digo todo.

Recuerdo hace unos dos años, durante una reunión de organismos privados con oficiales de la SEDENA, que el Presidente de INDEX Reynosa, Alex Avila alias «El Monsieur», al dirigirse a un alto mando que estaba en la misma mesa del presidium le dijo «jovenazo».

El militar solamente se arrellanó en su silla, con una sonrisita nerviosa y una mirada flamígera.

Pero hablando de los de abajo. Mientras esperábamos en la sombra de un camión, se acercaron dos soldados, uno chaparrín y otro alto.

Estábamos ahí Heriberto San Martín, Yenni Gandiaga y yo, Pegaso.

-Miren-les dije de pronto a los militares-. Ella admira mucho su profesión.

-¿Ah, sí?-me contestó el bajito.

-Sí,-contestó Yenni. Yo siempre he admirado a los soldados, fíjense que bla, bla, bla,…

Quizás por el calor sofocante o lo interesante de la plática de mi amiga, ambos empezaron a departir de manera animada.

Pero de repente Yenni les soltó una bomba: Hay veces en que ustedes se hacen tontos.
-¿Por qué?-fue la respuesta entre divertida y confundida del uniformado.

-Pues porque a veces pasan por un lugar donde saben que venden droga y no hacen nada.

-Ellos sólo obedecen órdenes, Jenni,-le contesté yo.

-Sí,- terciaron los soldados. Y empezaron a decir lo difícil que resulta su trabajo, donde a veces tienen que estar por meses en un sólo punto para después tener una semana de descanso con sus familias.

Y así transcurrió el rato. Mientras en el interior de la BOM se desarrollaba el evento, en el exterior los reporteros sufrían las de Caín con el calor a todo lo que daba.

-Bueno,-les dije de pronto a mis amigos marinos-, ¿y quién de ustedes es La Cantimplora?

Mutis.

-¿C-cómo?¿No se saben el chiste de la cantimplora? Bueno. Estaban los soldados en el campamento militar, pero de noche solamente se oía una voz: «¡Pásenme la cantimplora!». Como a la media hora se oía a otro decir: «¡Pásenme la cantimplora!», y así, durante toda la noche y parte de la madrugada.

La situación se repetía diariamente.

Intrigado, el General Brigadier Diplomado de Estado Mayor ordena que se formen todos los elementos en una sola fila y les dice:

-Voy a pasar lista de uno por uno y me van a decir por qué todas las noches piden la cantimplora.

-¡Juan Domínguez! Presente, mi general.

-¿Por qué pide la cantimplora?

-No lo sé, mi general.

Y así fueron pasando, sin que ninguno dijera una sola palabra.

De pronto le toca el turno al cabo Juan Gabriel, y se oye una voz que dice: «¡Ahí te hablan, Cantimplora!»

La risa de nuestros amigos no se hizo esperar, y nos retiramos de ahí hacia donde nos indicó un mando de la Marina, quien salió a entregarnos un boletín.

Ignoro si los dos avispados elementos entendieron el sentido del chiste, pero de que se rieron, se rieron.

Los dejo con el refrán pegasiano que dice: «¡El integrante de la milicia y he ganado el juego!» (¡El soldado y buenas!)

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