Por Pegaso
Sentado en mi mullido cumulonimbus me puse a observar desde acá arriba cómo iban llegando a la parroquia de Guadalupe los diferentes grupos de peregrinos, acompañados por los típicos matachines y cánticos en loor a la virgen del Tepeyac.
Y todo ese fervor religioso me hizo pensar en la gran importancia que revisten las creencias para el grueso de la población.
Inmersos en tantos problemas, desde la inseguridad, el encarecimiento de los alimentos, el alza de los combustibles y servicios, la corrupción y la zozobra por un futuro que no se ve nada alagador, la fe y la esperanza siguen siendo la tabla de salvación para millones de mexicanos en el turbulento mar de la desesperación.
(Nota de la redacción: ¡Chingao, qué bien le salió ese párrafo a Pegaso. Propondré que se publique en la próxima edición del Reader´s Digest, o de perdido en TVyNovelas).
Decía que la creencia en algo nos permite muchas veces seguir adelante con nuestras ilusiones.
Por tal motivo es justo y necesario que conservemos entre los pequeños la sana tradición de la Navidad, que para ellos es sinónimo de Santa Clós y de regalos.
¿Quién de niño no esperaba con ansias la llegada del viejo panzón con su costal repleto de juguetes?
Creo que yo, cuando era un pegaso imberbe aún a los doce años le escribía cartitas a Santa para que me trajera una bicicleta.
Y como nunca me la trajo, pues poco a poco fui dejando de creer en él.
Una joven comentaba en una reunión que tuve con amigos muy apreciados que en la iglesia de su colonia el padrecito les decía a los niños que Santa no existe.
Ante tal revelación, los párvulos se quedaron mirando unos a otros, desconcertados, y no faltó alguno de ellos que se puso a llorar ante la crueldad y falta de sensibilidad del ensotanado.
Pienso que hasta cierta edad, digamos, entre los diez y los once años aún es sano creer en Santa Clós y los Reyes Magos, pero corresponde a los padres, y a nadie más, explicar a los hijos que se trata de una bonita tradición, donde los padres son los que compran los regalos a sus hijos y los colocan en la base del pino para que puedan abrirlos por la mañana.
Si nos apegamos a los datos históricos, veremos que Santa Clós, Santa Claus, Papá Noel, el Viejo Pascuero o como se le diga en los diferentes países, tiene su origen en un obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás, que vivió en Anatolia en el Siglo IV.
Con el paso de los siglos la figura de San Nicolás se fue transformando. Fue el escritor norteamericano Washington Irving quien despojó a San Nicolás de sus atributos obispales y lo convirtió en el sujeto regordete y barbón, de sonrisa bonachona, sombrero de alas, calzón y pipa holandesa, quien se dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas de las casas cuando sobrevolaba gracias a un caballo volador (creo que era un primo abuelo mío) que arrastraba un trineo.
Otro personaje que también contribuyó a crear la figura que actualmente tenemos de Santa fue un dibujante y periodista llamado Thomas Nast, quien dibujaba a Papá Noel como un viejito corpulento de blanca barba y rojos cachetes, con un abrigo de color rojo intenso, un cinturón con hebilla gruesa y botas negras. El trineo en que se transportaba era jalado ahora por renos, sus auxiliares eran duendes o gnomos y vivía en el polo norte.
En nuestra época, Santa ha dejado de ser una figura religiosa y pasó a ser más bien un emblema cultural.
Todos los años, entre el 24 y el 25 de diciembre, millones de párvulos alrededor del mundo esperan con ansias la visita de éste personaje.
Y volviendo al momento en que un infante se da cuenta que el gordinflón no existe, hay una historia que después se convirtió en exitosa cumbia interpretada por Los Mier: El chamaco se despierta a medianoche para ver si en verdad llegaba Santa Clós, pero lo que descubre, al pasar por la recámara de sus padres, es que el personaje estaba en la cama con su mamá ena pleno clinch.
«Santa Clós está besando a mamá»,-fue lo que pensó la inocente criatura y desde entonces prefirió a los Reyes Magos.
Aquí les dejo de regalo la frase estilo Pegaso: «Aquello que presencié no era una ilusión provocada por el letargo, sino que fue verídico: El personaje inspirado en San Nicolás de Bari le plantó un ósculo a mi progenitora». (Lo que ví no era un sueño, era real, Santa Clós le dio un beso a mamá).




