Inicio OPINIÓN ¿La silla del águila o la silla de Dios?

¿La silla del águila o la silla de Dios?

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Por Mario Ramos

Los símbolos bíblicos del presidente los hemos visto todos: qué decir de su entrada a la toma de protesta, llegando en un pequeño auto blanco cual mesías arribando a Jerusalén en un humilde burro; o su ahínco en separar el poder económico del poder político, idea que lleva a cabo con el mismo furor que un nazareno expulsando comerciantes de un templo.

Pero se ha topado, nuestro mesías mexicano, con una contradicción: al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

El escándalo ocurrido con el evento en el Palacio de Bellas Artes ha dejado entrever fantasmas que levantarían al mismo Juárez de su tumba —si no es que ya anda afuera desde que Vicente Fox le besó la mano al Papa. Incluso, aprovechando el ánimo laxo de nuestro mandatario, figuras tales como el presidente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas han salido a declarar su proximidad hacia AMLO.

Esto último no es para alarmarse, pues que el Presidente de la República permita el acercamiento de diversas instituciones religiosas habla de su apertura a todas las formas de la libertad de expresión. Reside en su pensamiento, entonces, una forma de cohesión, —y no sólo de tolerancia— por las ricas creencias y costumbres que bailan en nuestra tierra.

No, el verdadero peligro se encuentra en vulnerar al estado laico, otorgando concesiones para espacios de programación multimedia a entidades religiosas.

Es comprensible si se analiza el tema desde un punto de vista moral. Es verdad que el país está roto, tanto su población como su economía. Y es cierto, también, que entre este rompimiento del tejido social existe todavía un finísimo hilo por el cual reunirla: la fe hacia Dios. Es de conocimiento popular que, desde el más recto ciudadano hasta aquel que disuelve en ácido a sus víctimas, la fe por Dios se les desborda en frases como: “te veo mañana, si Dios quiere”, “Primeramente Dios” o “Dios me lo bendiga”. Siendo la fe, así, la clave para una más pronta unificación de los mexicanos.

No obstante, volviendo a los peligroso, teniendo a todas las instituciones religiosas tan cerca, ¿a quién le otorgará estas concesiones —si se decide por hacerlo? ¿Tiene más derecho a un programa de televisión la Iglesia Pentecostal que los devotos de Malverde? ¿A qué hora deberían transmitir mensajes católicos por la radio?, ¿antes de leer la Torá o después de los rezos a la Santa Muerte?

En síntesis ¿tendrán estas asociaciones religiosas la disciplina para compartir y convivir en espacios de radiotelecomunicaciones? Más inquietante aún, ¿tendrá el estado la capacidad de acoger en sus espacios oficiales a todas las instituciones religiosas del país —pues me he quedado corto al citar sólo algunas?

De algo sí estoy seguro: una educación moral y cívica urge en nuestras comunidades. No tendría problema —quien les escribe— con que en la escuela retomen el civismo como piedra angular de la educación mientras que, en los hogares, se imparta el ejemplo de Jesús Cristo para moralizar a la familia. Pero, por favor, cambien el canal cuando aparezca Walter Mercado, ese sujeto sí que está chiflado.

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