Por Mario Ramos
Últimamente este suelo se pisa con cautela, como si fuera campo minado. Salimos, los ciudadanos de a pie, con temor a detonar un explosivo más dejado por la globalización. Un paso en falso y el precio de la tortilla nos estalla en la cara, por ejemplo.
Comencemos por nuestra casa. El caso Lozoya desenvaina, por fin, la espada del estado contra un enemigo doméstico: los funcionarios dispuestos a vejar un país con tal de volverse demencialmente ricos. Y digo demencialmente porque, en verdad, ¿estos chicago boys creyeron que la justicia nunca los alcanzaría?, tendrían que estar locos para eso. Ya ven, no les duró ni medio año el gusto de salirse con la suya.
Paso a paso, comenzamos a ver cómo el contubernio con empresas extranjeras (Odebrech, por citar la más famosa) les está pasando la factura. Todo a su tiempo, y es aquí que los tiempos preocupan, pues crucemos los dedos porque esta apuesta de la FGR no se trate sólo de una simulación para asegurar el triunfo en periodos electorales.
Por último, saltemos a lo internacional. El bebé anaranjado ha lanzado una nueva amenaza: un aumento arancelario del 5% a todas las importaciones de productos mexicanos a los Estados Unidos. Muy contrario a las ocurrencias del pasado, esta nueva provocación de parte de Trump ya comenzó a reflejarse con la depreciación del peso. El motivo es el de siempre: una represalia contra el estado mexicano y su incapacidad de retener el flujo migratorio; viéndolo más a fondo, la lectura nos indica que la acción encuentra motivo en asegurar el voto republicano más duro: el electorado racista en el país de las barras y las estrellas.
Este evento ya tuvo respuesta: una carta de AMLO hacía su homólogo yanqui. En ella relumbra un espíritu diplomático, conocimiento por la historia, y un mensaje que se bifurca y lanza un guiño a los ciudadanos: un llamado a la unión.
No obstante, la dichosa carta también se encuentra supeditada a los tiempos de elecciones en México, y es que ¿a quién no le gusta un presidente que contesta con valentía a las amenazas del imperio? Desde luego que al pueblo sí, pero a los mercados no. Estos entes que mudan riquezas a conveniencia no ven con buenos ojos una guerra comercial entre Águila Real y Águila Calva.
Entonces, siendo nuestro mundo uno regido por la venia de los grandes capitales, ¿a quién le conviene la victoria en esta confrontación? Habría que preguntárselo a China, de luego. Mientras tanto, admirando que la refriega es meramente electoral, los ciudadanos seguiremos siendo monedas de cambio para mantenerlos en el poder.
¿A quién le importa que el valor del peso caiga o que la inversión vaya a refugiarse bajo la certidumbre de los yenes, si de todos modos ganamos las elecciones en Tamaulipas y aquel anaranjado consiguió relegirse?



