DE POLÍTICA Y AUN MÁS DE PASIONES

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Por Ernesto Parga Limón

“La ira, el resentimiento y los celos no cambian el corazón de los otros, solo cambia el tuyo”

(Shannon L. Alder)

La educación de la afectividad (inteligencia emocional) es una disciplina que se orienta al reconocimiento de las emociones, su control y su positiva manifestación. Esta rama del conocimiento trata sobre la peculiar dualidad de la psicología humana; por un lado la inteligencia o raciocinio que penetra el fondo de las cosas y; por el otro el mundo afectivo tan importante ya que nos vincula sentimentalmente con nuestro entorno, a la vez que le da sabor a la vida, pero que puede también ser ocasión de ceguera electiva, ya que una vida llevada al compás de las pasiones puede terminar por obnubilar la actividad racional y con ello afectar la toma de decisiones. Por ello es imperiosa la educación de las emociones.

La inteligencia emocional busca a través de su estudio un equilibrio, (los extremos siempre son perniciosos, reza un antiguo adagio), entre estas dos potencias que jalonan en muchas veces en sentido opuesto el actuar de los hombres. Cuántas veces hemos pensado sobre alguien; -decide con una frialdad que espanta-, aquí vemos ausencia total de empatía, las decisiones se toman al margen de lo que puedan provocar en los demás, sin compasión. Por otro lado, cuántas veces hemos asistido al triste espectáculo de aquellos que tiran por la borda su vida arrastrados por las pasiones más irracionales, decimos de ellos; -es que piensan con el hígado, son personas absolutamente viscerales-.

Hoy en día los actores políticos de este país, en la búsqueda de lealtades ciegas, provocan en sus seguidores la exaltación de emociones tales como la venganza, la ira y el odio, a través de la descalificación instrumentada como medio de propaganda política, con el fin de tener una feligresía pasional y obcecada.

Lamentablemente, quisiera que no fuera así, esta situación está presente tanto entre quienes detentan el poder, como en aquellos que pretenden remover al inquilino de palacio y ocupar su lugar. Ambos bandos azuzan a sus correligionarios sin dar razones. Lamentablemente, el discurso de odio ha permeado, como gusta decir el presidente, de arriba hacia abajo y ha infestado prácticamente toda la vida política nacional, no se escapan a esta expansión de odio funcionarios, periodistas y desde luego el pueblo sabio y bueno y el pueblo malo y torpe.

Todos politizan en la más alta tribuna de la mentira y del odio: las redes sociales.

Unos, confundidos, pensando que así hacen patria y sirven a Dios, y otros que deliberadamente maquiavélicos lo hacen en defensa de su “hueso”, de su “chayote”, o aspirando a tener alguno de ellos. Pero todos se dejan arrastrar por el rio revuelto de las emociones más dañinas, donde lo que importa es utilizar nuestra voz o nuestra pluma como si fueran piedras que lanzadas harán estallar la cabeza del contrario.

Cuánto se parecen, en esta actitud, a la de las seudo feministas que marchan, sin propuesta alguna, sobre el ya muy atribulado centro histórico de la CDMX, dejando a su paso, no solo destrucción y suciedad, sino la más clara muestra de una vida en la que las peores pasiones son ya su único motor.

Recientemente he visto sendos videos con las dos caras del odio, por un lado, el inefable Paco Taibo II que urge, con visos de amenaza, a cambiar de país a los intelectuales que llama orgánicos como Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín. ¡Qué paradoja!; el antes acogido en generoso asilo por la patria, convertido ahora en expulsor con patente de corso para determinar quiénes son “non gratos”. En el otro extremo el escritor Francisco Martín Moreno sueña con -regresar a la época de la inquisición para quemar vivo a cada uno de los morenistas-.

Es de entenderse que, con tanto odio, con tanta pasión desbordada, las ausencias más notables en la vida de la política nacional son la verdad y la razón.

Nos quejamos y con derecho del discurso simplista y maniqueo que desde el Palacio Nacional en cada mañanera divide convenientemente al país en buenos y malos, buenos los que le siguen ciegamente y malos quienes manifiesten la más mínima objeción al proyecto de transformación del partido en el poder; o quizá habrá que decirlo del hombre en el poder.

Tristemente los que se oponen, o al menos los más notorios como FRENAAA, tienen, a mí me lo parece, un discurso en el mismo sentido, meramente pasional. El líder visible proyecta más dudas que confianza, muy suelto de boca, muy rápido a la ira y al descontrol emocional, majadero y dado a la ofensa.

En tanto, hay muy poco que esperar, así las cosas, quien resulte ganador en esta guerra del lodo y de la venganza tendrá muy poco que dar en términos de unidad, reconciliación, justicia, tolerancia y respeto.

La nación que, en rictus de dolor, se debate agónica en medio de la inseguridad y la miseria reclama de sus actores políticos y sociales y de todos los mexicanos: mente clara, emociones bajo control y amor profundo, no odio, por la patria.