Por Ernesto Parga
“Los golpes de la adversidad son muy amargos, pero nunca estériles”
Joseph Ernest Renan
Es inevitable… tener sobre el ánimo con dolorosa omnipresencia en nuestras vidas, la crisis del COVID. Que ahora 9 meses después nos amenaza con más fuerza, superando en dolor y pérdidas, los presagios más catastróficos
El 6 de julio aquí, en este mismo espacio, escribí un artículo titulado “El teatro del absurdo”, en donde hacía un repaso, alarmado por las 30,000 muertes que por entonces se contabilizaban, de las pésimas decisiones, de los embustes y de la inoperante estrategia del gobierno para contener la epidemia. Hoy los fallecidos suman 110,000; llenando de dolor a las familias que vieron partir, antes de tiempo, a sus seres queridos, de desesperación a quienes han visto desaparecer su fuente de ingresos y de impotencia y soledad a muchos en este país, por la nula asistencia social que este gobierno ha proveído.
No es que se esperen de su parte todas las soluciones, pero sí al menos un poco de comprensión y solidaridad, la ausencia de esto aumenta la pena y la sensación de indefensión.
Es inevitable… buscar certezas, y fuerzas en otro lado.
De nueva cuenta, el ciudadano de a pie, afligido por la inconmensurable dimensión de esta tragedia y por el abandono del estado, ha entendido que al final solo le queda, para salir del pozo insondable de su pena, lo mismo de siempre, la certeza y la fortaleza que solo proporciona lo verdadero, lo auténtico, lo que no se muda por el convenenciero interés de lo político.
Y… ¿Cuáles son esas certezas inalterables? Y… ¿En dónde están?
Elizabeth Lukas, discípula de Victor Frank, y por derecho propio una autoridad en Logoterapia nos dice que, los caminos para aceptar la adversidad y para recuperar el sentido y las fuerzas para continuar parten de nosotros mismos para llevarnos al encuentro de otras realidades.
En un estudio estadístico presentado en su libro “Ganar y perder…La Logoterapia y los vínculos emocionales” (Editorial PAIDOS), nos nuestra estos porcentajes:
1.- El 70% de las personas ven un sentido principalmente en el hecho de hacer algo por otras personas,
es decir, ellas encuentran sentido en el hecho de “vivir para alguien” su principal sentido. (Familia)
2.- La experiencia de “sentido de vida” se corresponde con la existencia de una base moral en la persona,
es decir, con una creencia en donde hallar cobijo. (76%) (Fe)
3.- La experiencia de sentido se corresponde con la percepción y la persecución de objetivos personales,
de pertenencia a grupos, causas, y con la adopción de ideales. 74% (Deber, vocación, compromiso)
En altísimos porcentajes los factores que, según este estudio, reencauzan y dotan de nuevo sentido a las personas, y que finalmente les ayudan a superar los duelos por pérdida, son: La familia, la fe y el servicio altruista, incorporados a la dinámica vital del doliente con renovado espíritu.
Es inevitable entonces preguntarnos para evaluar, de cara a salir de una adversidad presente, para ser apoyo de alguien a quien queremos ayudar, y como prevención ante la inevitable sombra del dolor que en algún momento se colocará sobre nuestra cabeza; ¿cómo están estas áreas de nuestra vida? ¿Son fortalezas o debilidades que nos ayudarán o qué complicarán el tránsito del duelo?
Es inevitable pensar en los vacíos que los paradigmas de la sociedad en que vivimos han dejado en nosotros. Sociedad en franca y loca carrera por la acumulación materialista, el egoísmo como camino de felicidad y la soberbia de vivir un mundo al margen de Dios.
Si la luz al final del túnel, de la personal andadura del dolor, se encuentran en la familia, la fe, y el servicio generoso al prójimo, urge en primer término revaluar su importancia, aumentar nuestra dedicación y compromiso y fortalecer nuestra vinculación y personal encuentro con Dios.
Este estudio estadístico solo confirma lo que todos sabemos, pero que en alguna medida hemos echado al olvido, arrollados por la ola consumista, hedonista y egoísta, esas certezas que siempre nos acompañaron; la seguridad del abrigo familiar, del abandono en Dios, y del gozo hondo que proporciona el servicio desinteresado a los demás.
Sobran ejemplos, todos los conocemos, de aquellos que han salido adelante gracias a su desarrollo espiritual, a su intensa vida familiar, a la causa social en la que convirtieron la adversidad que los golpeó, y a la fe que los acompañó en la oscuridad de su dolor.
Indudablemente, la sacudida del dolor ha sido mayor, pues no hay adversidad que se resista en la soledad tan propia de la vida moderna, soledad de todo, soledad que, en el colmo del error, se pretende como camino a la felicidad.
La respuesta está ahí; tan diáfana como siempre, enfrente, al lado y encima de nosotros; tal vez los inefables misterios del dolor nos ayuden a descorrer el velo que impedía que viéramos en dónde están las certezas y las luces al final del túnel.
Esto también debería ser inevitable.


