DON ARTEMIO

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DE CULTURA Y MÁS…

Por Alejandro Capistrán

             

   No comenzaré esta historia con un clásico «érase una vez», no pretendo relatar un cuento de hadas donde impera la fantasía y la armonía para tranquilizar a los pequeños. Les voy a contar la historia de don Artemio, hombre de avanzada edad cuya vida se convirtió en soledad melancólica con el transcurrir del tiempo.

Diariamente caminaba por la brecha que está junto al seminario, allá en el pueblo, descalzo y cargando sus tiliches en un humilde talego para ir a vender a la plaza.

Este hombre era un ermitaño, vivía solo y alejado de la muchedumbre, y es que la tristeza de su corazón era tanta que no quería compartirla con los demás, acto egoísta o heroíco, depende de quién lo afirme. Su semblante agrietado por las inclemencias del tiempo, era fiel testigo de su desdicha. La vida y el tiempo pueden ser nuestros amigos si lo deseamos y si nos dedicamos a cuidarlos, pero cuando no lo hacemos y alguno de los dos se ensaña, ya no hay marcha atrás.

Algún día nos veremos apoyados por un bastón de rama de roble para poder andar como lo hacía don Artemio para después volver tranquilo a su jacal y descansar. El verdor del pastizal en el que se encontraba su vivienda a orillas del río, le hacía vivir en paz a pesar de su melancolía. Sin embargo, era un hombre sin familia, sin nadie que pudiera atender sus pies sangrantes por caminar descalzo por la brecha rocosa.

Él era un hombre libre, pero encadenado a esa vida solitaria y premonitoria en su juventud, no hablaba con nadie, sólo se dedicaba a vender tiliches, yerbas y amuletos para el mal agüero fabricados por él mismo.

Muchos lo miraban como si fuera un ser superior lleno de sabiduría que casi podía alcanzar la divinidad, pero para otros, don Artemio era solamente un charlatán más, navegando en los confines de la locura…

Sus manos también estaban agrietadas y callosas, señal de que en aquella juventud fue un hombre de arduas labores campesinas.

El anciano no tenía la certeza de la pesadez de su alma que lo hacía vivir así, solo y apartado de las personas, pero lo que sí sabía era que , aunque solitario, vivía en comunión con la madre tierra, con las piedras del camino que ya eran parte de él por pacto de sangre; vivía en comunión con los seminaristas que solamente le veían pasar sin decir ni una palabra; vivía en paz con la vida y con el tiempo, quienes le marcaron el rostro con aquellas líneas de sabiduría y vivía en comunión con ese bastón improvisado de un roble cualquiera que le sostenía la vida para el día de mañana…

Al día siguiente se volvió a levantar para su rutina diaria, caminó nuevamente por la brecha junto al seminario, descalzo y encorvado por el peso de su mercancía y por los años de trabajo que han marcado esa columna, pero mientras caminaba, alcanzó a divisar  la presencia de un animal rastrero que se dirigía hacia él rápidamente, por mucho que don Artemio hubiese querido esquivarlo, moverse con más agilidad, lo cierto es que no lo logró, era una serpiente fuerte y hábil que ya sea por tentación o simple naturaleza, logró encajar sus colmillos en su tobillo izquierdo. La sangre le escurría.

Sin embargo, poco antes de perder la consciencia, levantó su rostro para observar que alguien se dirigía hacia él, era una mujer, no tan joven pero tampoco aparentaba mucha edad, era la curandera del pueblo quien se acercó para auxiliar a don Artemio. Primero, como pudo lo arrastró hasta el árbol más cerca del camino para ponerlo bajo la sombra y ya que lo hizo, acercó su boca a la herida y succionó la ponzoña para luego escupirla. Después buscó en las cosas del anciano y encontró algunas yerbas medicinales que bien pudo utilizar para cubrir la herida del ermitaño.

Al terminar su misión, la curandera se levantó con serio semblante, pero satisfecha de no haber dejado que el veneno de aquella víbora cobrara factura y se fue en dirección contraria a donde se dirigía el anciano.

Pasaron horas para que el viejo recobrara la consciencia, quizá ya lo había hecho, pero eran cansadas las caminatas diarias, así que durmió tranquilo hasta que llegó el crepúsculo.