INDICADOR POLITICO
Por Carlos Ramírez
El problema número 1 que tenía que atender el proyecto autonomista de la 4T con el gobierno de Estados Unidos se escondió detrás de un nacionalismo defensivo que le había funcionado al PRI ante administraciones republicanas y demócratas que confiaban en la gestión estabilizadora priista. Pero hoy el presidente Donald Trump quiere la enchilada completa que perfiló el embajador estadounidense John Dimitri Negroponte en 1990: ejercer el Tratado para subordinar a México a los intereses geopolíticos y de seguridad nacional estadounidense.
El presidente Trump operó jugadas estratégicas el pasado fin de semana para construir un escudo de seguridad nacional con un nuevo bloque de países latinoamericanos gobernados por la derecha y para reiterar por enésima ocasión que el narcotráfico mexicano es el problema que obstaculiza el enfoque geopolítico de la Casa Blanca en modo de las reactivadas Doctrina Monroe y Doctrina del Destino Manifiesto.
A diferencia de las percepciones sobre todo europeas y básicamente españolas de que Trump es un desquiciado que está destruyendo el orden mundial en modo del Nerón Golden de la novela de Salman Rushdie, se esté de acuerdo o no lo cierto es que el presidente de Estados Unidos tiene el objetivo de reconstruir la hegemonía económica, comercial, geopolítica, militar y nuclear de Washington que se había desarticulado paradójicamente con la victoria ideológica y la desaparición de la Unión Soviética en 1991.
La relación de EU con México paso del padrinazgo del Proconsulado del embajador Dwight Morrow en 1926-1929 a la Operación Intercepción del presidente Nixon en 1969 como primer conflicto por el tráfico de drogas y de ahí se llegó al punto de la falta de respeto del presidente López Obrador al presidente Joseph Biden en la reunión aquí del Tratado y la forma en que desdeñó otorgarle la palabra.
Los ciclos políticos del Gobierno mexicano en su relación con Estados Unidos pudieron eludir rupturas agresivas durante el populismo tercermundista de Echeverría y el nacionalismo petrolero de López Portillo, pero el Tratado negociado y firmado por el presidente Carlos Salinas de Gortari significó, en palabras del Memorándum Negroponte de 1990 al Departamento de Estado, la “aceptación (en modo de su subordinación) de la orientación estadounidense en las relaciones exteriores de México”.
Mal que bien, los gobiernos de Zedillo Ponce de León, Fox Quesada, Calderón Hinojosa y Peña Nieto ajustaron la política exterior mexicana a la dependencia del Tratado comercial de México porque el acuerdo sólo se preocupó entonces por abrir la frontera mexicana a productos estadounidenses y obtener a cambio una disminución en los aranceles en las exportaciones, y en este largo ciclo 1994-2018 no presentó la Casa Blanca ninguna exigencia extraordinaria de sumisión o sometimiento del Gobierno mexicano.
En sus campañas de 2016 y 2024, Trump mandó el mensaje de que su objetivo era reconstruir el dominio absoluto de Estados Unidos sobre el planeta y particularmente sobre México, y aprovechó con mucha habilidad la debilidad mexicana en tres temas que el ciclo de la 4T nunca se preocupó por atender: el desplome de la capacidad productiva mexicana y su mayor dependencia del mercado estadounidense, el narcotráfico que ar articulo al poder político y multiplicó ostentosamente y con apoyo de México el contrabando de droga y la definición ingenua de Palacio Nacional de una alianza con precarios gobiernos populistas latinoamericanos que habían roto ya relaciones con Washington.
En su primer año de su segunda presidencia, Trump aumentó las tensiones sobre México ejerciendo definiciones geopolíticas estrictas y rebasó los límites de la soberanía con amenazas de invadir militarmente México sin permiso sólo para destruir los nidos de los cárteles del narcotráfico en territorio mexicano que contrabandean droga a EU. En todo caso, Trump ha maltratado a México y a otras naciones presuntamente amigas o aliadas y no deja pasar oportunidad para humillar de manera vulgar la soberanía mexicana y a los presidentes López Obrador y Sheinbaum Pardo.
El enfoque nacionalista de la 4T es –por así decirlo– retórico en materia de principios de política exterior y se basa en el ejercicio de una soberanía radical que estará representando la última línea de defensa ante el poderío económico y de fuerza de una frontera física de más de 3,000 km. Pero a esa posición político-diplomática le falta autonomía en seguridad nacional y le sobra dependencia absoluta comercial del Tratado y los aranceles.
Trump ha llevado la relación con México a la orilla del abismo: cumplir sus amenazas de invasión o de replegarse y buscar algún entendimiento hegemónico con Palacio Nacional.
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