INDICADOR POLITICO
Por Carlos Ramírez
La referencia ya realizada a la película Wag the dog es recurrente en sucesos públicos conflictivos que involucran al presidente Donald Trump. La razón es sencilla: el filme cuenta la historia de que asesores de la Casa Blanca contrataron a expertos en comunicación para distraer la atención nacional de presuntas acusaciones de abusos sexuales del presidente con infantes y la salida era fabricar una guerra con Albania.
El concepto de “wag the dog” se refiere a un juego de palabras que reinterpretan el tema de que el perro mueve la cola y se llega la propuesta de comunicación política de que la cola debe mover al perro.
Existen –de modo natural– ya las primeras versiones de teoría de la conspiración que refieren el hecho de que el incidente del sábado 25 en el hotel donde se realizaba la cena de corresponsales de la Casa Blanca habría sido fabricado por operadores de comunicación para distraer la atención que se estaba centrando en el fracaso político de Trump en Irán, al asunto Epstein, a la caída ostensible de los porcentajes de aprobación y a la cercanía de las elecciones inminentes en noviembre para refrendar la mayoría demócrata a las dos cámaras o regresar el poder a los republicanos o cuando menos una de las dos.
Los elementos de la conspiración están a la vista: un oscuro profesor californiano, demócrata, votante por Kamala Harris, se armó nada menos que de un rifle con poca capacidad de utilización automática, de una pistola y de varios cuchillos y su intención declarada en un nanomanifiesto –menos de una cuartilla– y bueno atacar a todo el gabinete, a los jefes de los poderes legislativos y al vicepresidente, pero con una estrategia que mostró desde el principio que era imposible romper el círculo de protección del Servicio Secreto. Cómo era obvio, el atacante fue arrestado, el presidente Trump aprovechó la conferencia de prensa para darle la vuelta a la tortilla mediática y convertirse en el centro de la conspiración por lo que dice que está logrando en el mundo y hasta se permitió el juegos mediático de ir al programa de televisión 60 minutos –donde hay odio mutuo– a indignarse por la acusación el manifiesto agresor de que era un pedófilo por Epstein, con lo cual tomó el control de la narrativa frente a una sociedad indignada por el intento de magnicidio.
No habrá elementos formales comprobatorios de una conspiración, pero los estadounidenses son expertos en teorías de la conspiración. Nadie puede improvisar por sí solo y con armas medianas un intento de magnicidio contra el presidente de Estados Unidos, inclusive cuando se demostró que ni siquiera la distancia con francotirador en Pensilvania en 2024 hubiera podido tener éxito por la lejanía del tiro, la velocidad del viento, la dimensión de la luz y detalles más especializado que todo francotirador debiera conocer.
Con la habilidad de un personaje producto de la imagen, Trump se apoderó ya de la narrativa del incidente de la noche del sábado 25, tomó el control de los acontecimientos en la explicación mediática con una conferencia de prensa que sería de dos preguntas y que terminó en un mitin que le aplaudieron los propios periodistas, de manera indirecta excluyó buena parte de la argumentación del expediente Epstein que lo venía persiguiendo desde hace varios años y no entregó premios de periodismo a los denunciantes de Epstein. Cuando menos en la lógica de Trump, el expediente recibió ya un carpetazo mediático en una conferencia de prensa que pasó a la historia mundial de la comunicación televisiva manipuladora.
El problema de los analistas para evaluar acontecimientos conflictivos radica en los territorios mismos del debate: los analistas están obligados a basarse en hechos probados de incidentes con elementos periciales que pudieran transitar en los tribunales legales de EU, en tanto que los políticos no se preocupan por la frivolidad de afirmaciones contundentes para las cuales no necesitan elementos probatorios.
Y ahí es en dónde la película citada aporta los elementos necesarios: la racionalidad de discusión mediática debe probar que el perro mueve la cola, en tanto que la comunicación del poder con mucha facilidad hace que la cola mueva al perro. En el suceso de la cena de corresponsales, el presidente Trump supo con mucha habilidad imponer la fuerza de las instituciones y marcó el incidente como un intento de atentado contra él, contra sus colaboradores y sobre todo –a su decir– en la fijación de su marco analítico para interpretar el suceso.
No hay elementos suficientes para probar pericialmente que el presunto tiroteo del sábado en el hotel Hilton hubiera sido un incidente fabricado, pero tampoco las pruebas conocidas pueden corroborar que se trató efectivamente de un intento de magnicidio, y queda el tercer espacio por rellenar: ¿cumple el perfil del perpetrador con el de un protagonista de un magnicidio a nivel de Donald Trump?
Por lo pronto, estamos frente a evidencias de que Trump está haciendo que la cola mueva al perro.
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Política para dummies: la política, al final de cuentas, es lo que dicen los políticos.
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