INDICADOR POLITICO
Por Carlos Ramírez
A partir de la certeza de que el proyecto de la 4T no es de izquierda, ni pretende un liderazgo ideológico de izquierda en América latina y en el mundo, la principal preocupación del gobierno mexicano debiera ser Estados Unidos, con o sin Trump.
Lo ocurrido en Brasil en nada afecta el escenario geopolítico mexicano, y existen las evidencias de que la Casa Blanca no iba a modificar su relación bilateral con México con o sin Lula en el Palacio de Gobierno de Brasilia. Y tampoco existe demasiada preocupación en Washington por la presencia de México en reuniones internacionales progresistas o hasta de izquierda, porque de manera sencilla el proyecto de la 4T es local.
Pero el problema radica en el hecho de que la 4T tiene conflictos con el Gobierno de Estados Unidos, Joseph Biden o Donald Trump como los titulares del Ejecutivo, la definición nacionalista del lopezobradorismo está muy clara en términos de autonomía de gestión, de gobierno, de política económica y de comercio exterior, pero el equipo de gobierno carece de una propuesta de desarrollo nacional que sustituya los acuerdos de integración comercial suscritos por los presidentes de Salinas de Gortari a Peña Nieto, además de que la estrategia mexicana de seguridad se define de manera sencilla como contraria a la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos en materia delictiva.
Los apoyos de la 4T como gobierno a Cuba y Nicaragua tienen validez retórica en tanto que responden a un nacionalismo progresista que –oh sorpresa– no proviene de discursos fundacionales ideológicos de López Obrador o de Sheinbaum Pardo, sino que se nutren del nacionalismo revolucionario del PRI, y el asunto se complica más porque los regímenes de gobierno de los Castro en Cuba y de los Ortega en Nicaragua tuvieron uno de sus veneros directos de la Revolución Mexicana y de ahí de correlación priista.
Toda política exterior basada en intereses de seguridad nacional de una República debe corresponder a los intereses políticos, económicos, sociales, ideológicos y de gobierno, y ahí está como ejemplo el pragmatismo vulgar de Fidel Castro cuando 1988 decidió apoyar el proyecto económico conservador y neoliberal de Carlos Salinas de Gortari y desdeñar lo que sería una vinculación generosamente sentimental con Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, cuyo padre, el general Lázarto Cárdenas, apoyó sin limitaciones a la Revolución Cubana e inclusive estuvo a punto de vestir uniforme militar e irse a combatir la invasión estadounidense de abril de 1961 en Bahía de Cochinos/Playa Girón.
En su condición ya de jefe de Estado y no del líder de una revolución social que el México progresista apoyo, Castro decidió legitimar el fraude electoral de Salinas de Gortari con su presencia en la toma de posesión de diciembre de 1988. Y a lo largo del sexenio salinista, Castro tuvo más alianzas estratégicas con el proyecto ideológico de Salinas que con el PRD que venía de un venero poscardenista.
La revolución sandinista de Nicaragua tuvo una de sus fuentes justificatorias en la guerrilla cubana de Castro, pero la defensa en su legitimación y sobre todo funcionamiento interno se basó en todo el apoyo del priismo nacionalista-revolucionario. Y todas las trapacerías de Daniel Ortega y su esposa se han justificado en el modelo de gobierno del PRI.
En términos estratégicos y de puntos equidistantes de equilibrio, el apoyo de México al régimen militarista de Castro en Cuba y al gobierno dictatorial de Ortega en Nicaragua en nada encuentran interrelación política con lo que ocurre en México y parece ser que todo se agota en que representan –en un análisis bastante superficial y pragmático de Palacio nacional– sólo puntos de resistencia al expansionismo de Estados Unidos.
El apoyo de la 4T a Castro y a Ortega encontraría alguna explicación y hasta justificación si correspondiera a la definición de un liderazgo mexicano en América Latina y como parte de una política exterior activa, no de confrontación con EU sino de búsqueda de un nuevo camino del desarrollo latinoamericano. Pero este apoyo se agota sólo en simpatías que no se justifican políticamente. Y no existe ningún acuerdo o alguna estrategia de configuración de un liderazgo latinoamericano en el apoyo de México al régimen populista-asistencialista de Ignacio Lula da Silva en Brasil.
El nacionalismo de la 4T no es otro que el nacionalismo revolucionario del PRI y las características que debiera tener el Gobierno de la 4T para autodenominarse como proyecto de izquierda no se ha salido de los marcos puramente declaratorios del priismo del antiguo régimen. Y en lugar de perfilar un proyecto progresista de desarrollo nacional, regional y hasta geopolítico, la 4T se refugia en el rancio nacionalismo de Luis Echeverría Álvarez.
La prioridad geopolítica de México no es Brasil ni ahora España, sino Estados Unidos.
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Política para dummies: la política ya es un sinónimo de pretextos.
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