Sin duda alguna, cualquier quebranto en la salud es lamentable, pero en ocasiones un mal provoca muchas más incomodidades que otros, sobre todo cuando las molestias aparecen en esa parte del cuerpo que difícilmente uno está dispuesto a mostrar.
La historia trataré de contarla tal y como me la platicó un amigo que sufrió lo indecible durante más de cinco meses sin atreverse a visitar al médico, todo provocado por una pequeña supuración muy cerca del orificio mas oculto del cuerpo.
Me cuenta casi con lagrimas en los ojos, que el desperfecto corporal le provocaba grandes problemas, pues su ropa interior tenía que cambiarla cuando menos tres veces al día, pues después de varias caminatas, ascensos y descensos de la «pesera» (microbús), aunado al calor propio del verano, la trusa quedaba empapada, provocándole por su sobrepeso, algunas molestas rozaduras.
Después de mucho sufrir, tomó la sabia decisión de acudir al médico, tomando el camino más económico, es decir acudió al IMSS, esperando durante más de tres horas la sabia consulta del médico general, quien al observar el recóndito sitio le recomendó de inmediato acudir con un médico especialista, ubicado exactamente a 200 metros del lugar donde se encontraban.
Con gran esfuerzo se dirigió a donde le indicaron, acompañado del pase del médico general donde claramente se leía FÍSTULA.
Después de otras tres horas de espera por fin él médico especialista tuvo a bien recibirlo, invitándolo a pasar a su privado para que se despojara de su indumentaria y se colocara una bata raída y abierta por la parte trasera, la cual no dejaba nada a la imaginación.
Me cuenta que desde ese momento se sintió desposeído, abandonado, inseguro y con ganas de llorar, pero venia lo peor, la auscultación. El galeno, con gran tranquilidad le indicó que se pusiera de rodillas sobre una plancha, colocando sus codos también sobre la misma, desde esa incómoda posición, lograba ver la puerta del baño donde se había cambiado la ropa y al fondo se encontraba un espejo el cual le permitía poder observar lo que sucedía exactamente atrás de su trasero.
El especialista, sin rubor, abrió una puerta lateral e invitó a pasar a un grupo de jóvenes vestidos todos con bata blanca, cada uno de ellos llevaba en sus manos una pluma y un cuaderno de notas. Mientras él médico despegaba algunos pliegues y mostraba sus conocimientos a los alumnos y las alumnas, mi amigo parecía desvanecerse, pero aun así, logró expresar con singular agudeza: ¿Oiga Doctor, no va a venir la prensa, verdad?
Antes de escuchar la respuesta, pensó en vetar cuando menos a las televisoras locales, pero sus preocupaciones terminaron cuando él medico le negó la posibilidad de la presencia de los chicos malos de la prensa.
Dice mi amigo, que hoy, ya sin los dolores provocados por el mal, ya sin las molestias de las rozaduras en la entrepierna, solo siente pena cuando ve en la calle a algún joven que luce bata blanca, pues en su memoria solo queda aquella imagen de un grupo grande admirando con asombro, LA FÍSTULA.


