La guerra se tornó cruel y despiadada cuando hubo necesidad de buscar victorias, por entre los matorrales se vislumbraba al enemigo y con potentes bombas mediáticas se atacaban los frentes.
No hubo aliados disponibles, pues ellos enfrentaban otras lides, los acorralados se quedaron solos, señalados y acosados por el fuego intenso que a la postre redundó en derrota.
Derrota anunciada, sólo negada por aquellos ciegos de entendimiento que buscaron en el fuego cruzado el motivo de su humillación, las guerras solo se ganan cuando hay pasión de por medio, eso lo saben muchos, pero pocos lo entienden.
Sí hubo fuego amigo que diezmo brigadas, en el campo de batalla fue común encontrar cadáveres con dos tiros en la frente, pero 10 flechas en la espalda.
Los indios cuando son ladinos, no respetan nada, ni a sus compañeros de lucha, a veces las insatisfacciones personales las llevan al campo político y ahí es donde, sin notarse, hacen daño.
La última batalla no fue la más importante, esto lo saben en el territorio, pues la sustancial, la que abriga y prodiga es la local, esa que mueve conciencias y oportunidades de trabajo, en la que sólo los de verdad triunfan.
Sin embargo las heridas persisten, muchos están postrados y otros, los falsarios, están de plácemes.
El tiempo aquel en el que los Generales servían y optaban por el retiro, ha concluido.
Hoy ven el campo de batalla con ambición personal, el bien común les importa muy poco y la añoranza los regresa, no tienen en su parte de guerra victorias ajenas, sólo las propias adornan su currículo en el que no caben tampoco, las deslealtades comprobadas.
Mientras la política es percepción, la guerra es contundencia y ahí, en los triunfos y las derrotas se saborea la miel o la hiel de las cosas, la pólvora mojada no prende aunque algunos lo intenten.
La sociedad está atenta y es ella la que toma la decisión, aunque algunos lo niegan por conveniencia temporal, los ídolos de barro se derrumban solos al vuelo del aire democratizador.
Aquí cabe la Vieja Ley: “Grandes no son los hombres que obedientes inclinan la cerviz a todo yugo, grandes son, los que se alzan insolentes y a la faz del pasado dicen: ¡Mientes!
Es difícil de creer, pero mientras los triunfadores buscan balas nuevas, los derrotados recogen CARTUCHOS QUEMADOS.


