Fábulas de Hisopo
Por Pegaso
Estaba un día Pepito en su salón de clases, el Primero A, pensando cómo podía hacerle para obtener un dinero extra para pagar sus útiles escolares y uniforme, ya que su familia era muy humilde y apenas les alcanzaba para mal comer.
Decidió que con sus raquíticos ahorros compraría una caja de chicles para vender durante el recreo, y así le hizo.
Empezó por ofrecer a los alumnos del otro salón, el Primero B, y algunos de ellos compraron su mercancía con gusto.
Pronto vio que los chicles eran del agrado de los chavales y empezó a vender cada vez más. Compró varias cajas y todas se acabaron.
En el Primero B casi todos masticaban chicles y eso los hacía felices. Incluso el maestro se dio cuenta que con los chicles tenía menos problemas en controlar a los inquietos adolescentes, así que aprobó la compra de la golosina.
Pronto Pepito vio que la venta era todo un éxito. Con el dinero que ganaba pudo comprarse el mejor uniforme, los zapatos más relucientes y hasta una bicicleta nueva.
Sus compañeritas de salón, al ver el éxito del precoz infante, buscaban su compañía y hasta le ofrecían de su refresco.
Todo eso no podía pasar desapercibido para los demás niños del Primero A. Y como el diablo no descansa y en todo mete la cola, pronto Pepito tuvo competencia.
Viendo lo rápido que se vendía la mercancía en el Primero B, Juanito le pidió a su papá que le comprara varias cajas de chicles y se puso a vender.
Manuelito tampoco se quiso quedar atrás, ni Pedrito, ni Joaquincito, así que todos se pusieron a llevar y a vender chicles al Primero B, donde todos eran felices mascando.
Pero si bien en el Primero B todo era perfecto, en el Primero A las cosas empezaron a complicarse.
Cada uno de los vendedores de chicles pensó que tenía derecho a vender en el patio de atrás, cerca de la fuente o en el corredor.
El resultado fue que hubo pleitos entre ellos. En cuanto se veían, empezaban a darse de puntapiés, se sacaban la lengua y se tiraban piedras con las resorteras.
Lo peor vino cuando los vendedores de chicles, viendo el poder y la impunidad que habían logrado, empezaron a hacerles bullying a sus compañeritos de aula: Les pegaban, les quitaban el lonche o les hacían calzón chino. A las niñas les jalaban las trenzas o les escondían sus muchecas. En fin, el Primero A empezó a vivir en un terrible caos.
El maestro, que hasta entonces era complaciente porque creía que no tenía nada de malo que algunos de sus alumnos vendieran chicles al Primero B para ganar un poco de dinero, se dio cuenta que había un problema grave y que estaba en riesgo toda la clase.
Quienes aspiraban a ser jefes de grupo se vieron encueltos en una polémica: ¿qué hacer para que se acaben los pleitos entre vendedores de chicles?-se preguntaban.
«Hay que meterlos en cintura»,-recomendó uno, así que pronto hubo la intervención de los conserjes, pero éstos fueron comprados por el sagaz Pepito y compañía, y se hacían pendejos mientras el problema seguía creciendo.
«Vamos a mejorar la placita de la escuela y la biblioteca para que se entretengan y no estén pensando en pelear»,-dijo otro.
Pero nada dio resultado.
Desde el Primero B, el maestro y sus alumnos veían con preocupación el desorden en que se había sumido el Primero A, pero eran felices masticando chicle, el cual aún les llegaba puntualmente y en cantidad suficiente.
El tiempo pasó y los pleitos seguían, los robos de torta, el bulling, el desorden…
Un hombre que pasaba por la escuela vio todo aquel desmadre y dijo al Director: «Mientras haya demanda de chicles en el Primero B, las cosas no van a cambiar en el Primero A. Es necesario desincentivar el consumo de chicles en el B».
La propuesta causó risa en el directivo, en el maestro e incluso entre los alumnos del Primero B, que fueron felices por siempre mascando chicle.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.
(Nota de la redacción: Creo que el cuento estaría mejor si en lugar de dos salones de clase fueran dos países vecinos, digamos, México y Estados Unidos, y que en lugar de chicles fuera droga. Se lo voy a sugerir a Pegaso).

