AL VUELO-Héroe

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Por Pegaso

Estaba yo acá arriba, en mi nubecilla viajera, echándome un chapuzón en el mar de información que contienen las redes sociales, especialmente cuando ocurren eventos violentos, como el más reciente donde me dicen que murieron bastantitos delincuentes, por desgracia, la mayoría muy jóvenes, casi casi niños.

Pues bien, como me gusta trolear las cuentas de algunas personas que a veces se pasan en sus comentarios, vertí una opinión relacionada con la foto de un chavo de no más de quince o dieciséis años, el cual aparece tendido en el suelo, boca abajo, con la cabeza hacia la derecha y una tremenda cuerno de chivo en su diestra.

No se ve sangre ni heridas, nada más algo que yo consideré como una leve sonrisa.
Mi comentario mordaz fue: «Murió feliz».

De inmediato una señora persignada me contestó diciendo que no creía que había muerto feliz porque son niños cuyos padres no tuvieronla precaución de encauzar por el buen camino y bla, bla, bla.

Le contesté que muchos de ellos, cuando mueren combatiendo a los soldados o a las fuerzas federales son considerados héroes por sus superiores o compañeros, así que, efectivamente, debió morir feliz con ese pensamiento.

Si se analiza la foto, vemos en el rostro del muchacho un esboso de sonrisa. Alguien por ahí me comentó que tal vez se trató de una foto actuada, donde las fuerzas federales pretenden evitar a toda costa mostrar la carnicería que producen las balas de 50 milímetros en los cuerpos de los infortunados jovencitos que son seducidos por el dinero criminal.

El conocido gángster norteamericano Lucky Luciano decía: «No existe algo así como dinero malo o dinero bueno, es simplamente dinero».

O sea, que en todos los tiempos y en todos lugares, mucha gente va a buscar el dinero mal habido simple y sencillamente porque este no se diferencía del que se gana con el sudor de la frente.

¿Qué les pasa ahora a nuestros jóvenes?¿Creen que una vida de dos o tres años de dinero, placeres y adrenalina puede compensar la horrible muerte que les espera, destrozados por las balas de los soldados?

En una encuesta que se hizo a chavos que de alguna u otra manera andan metidos en esto, salió a relucir que en verdad no les importa acabar así, si en ese lapso de tiempo tienen todo lo que quieren.

«Al fin que de todas maneras nos vamos a morir»,-dicen algunos.

Me comentaba un amigo que entre los grupos delictivos los cabecillas ponen como ejemplo a los que caen en los enfrentamientos con las fuerzas federales y los consideran todos unos héroes.

«¡Así es como quiero que sean todos ustedes!»,-diría algún «comandante».
Ahora que héroes, tanto como héroes no creo que lo sean.

Por definición, el héroe es aquella persona que lucha a favor de la justicia, la verdad y el
honor.

Sería, en todo caso, un antihéroe, porque ha dejado a un lado su condición humana, su capacidad de raciocinio y se ha convertido en un asesino feroz y desalmado, a pesar de que se encomiende a la virgencita y a la santa muerte, o que le dé un beso en la frente a su madrecita linda cada que sale de «campaña».

En estos tiempos tan difíciles, un héroe es quien sale a trabajar, a partirse la madre aguantando a un jefe prepotente, que si no tiene empleo sale a buscarlo, que si es estudiante, le echa ganas a la escuela, o si es ama de casa, lo hace con gusto.

En el proyecto de libro llamado precisamente «Al Vuelo», incluyo un cuento corto cuyo título es, «Se solicita un héroe»:

“Solicito héroe”,-decía aquel lacónico mensaje en un periódico matutino.

Llamé al teléfono que estaba en la parte de abajo de la inserción pagada y me contestó una voz de mujer, una voz cansada que reflejaba un intenso pero resignado sufrimiento.

-“¿Usted puso el anuncio en el periódico?”-pregunté.

-“Sí. ¿Quién habla?”

-“Soy el héroe que necesita”.

-“¿Deveras? ¿En qué se basa para decir que es usted un héroe?”

-“Bueno. Yo puedo volar, saltar edificios, levantar un ferrocarril, las balas rebotan en mi pecho, me preocupa la humanidad antes que mi propio bienestar,… ahhh, y tengo una personalidad secreta”.

-Bien. Bien. Puede que lo necesitemos. Haga el favor de llamar en tres días para darle nuestra respuesta.

En los siguientes tres días me olvidé por completo de la extraña mujer y me dediqué a hacer lo que mejor hacen los superhéroes: luché contra un monstruo de otra galaxia, salvé a miles de personas que iban a perecer en la erupción de un volcán y desvié la trayectoria de un meteorito que venía directo a la Tierra. Nada fuera de lo común.

En mi papel de José Rivas mi trabajo en el periódico El Globo absorbió la mayor parte de mi tiempo: un reportaje sobre los efectos de un temblor, la entrevista exclusiva con el Secretario de Finanzas del país y varias coberturas especiales de eventos políticos relacionados con la campaña para la Presidencia.

Al cumplirse los tres días recordé la cita.

Marqué al número telefónico y nuevamente me contestó aquella voz cascada:

-“¿Diga?”

-“Soy yo nuevamente. Quiero ver si ya decidieron sobre el puesto de héroe que ofrecen”.
-“¡Ahhh, sí! Mire, joven, lo siento. Tal vez usted cubra los requisitos para ser un héroe de ficción, pero aquí necesitamos uno de carne y hueso. El héroe que necesitamos debe ser un ciudadano común y corriente, que sea productivo en su trabajo, que pague sus impuestos, que nunca se pase un alto, que viva con y para su familia, en fin, un ciudadano ejemplar. ¿Conoce a alguien así?”

-“No. No conozco a nadie así”,-repliqué tristemente.
Dejé el teléfono y me marché, a proseguir mi lucha por la justicia.

En su despacho, la madre Patria también colgó el aparato.
-“¡Qué difícil es encontrar en estos días a un verdadero héroe!”-y su voz sonó más cansada que nunca.
—– o —–
Por cierto, no creo que a los chavalones que andan metidos de halcones, punteros o sicarios les reboten las balas en el pecho.

Mejor es ponerse a estudiar, porque eso requiere mucha más valentía que agarrar un «cuerno de chivo».

De esa forma podrán demostrar a sus padres, a la sociedad y a sí mismos que tienen huevos, y si le echan ganas podrían llegar a tener las cosas que ahora ansían.

Me despido con el refrán estilo Pegaso: «La persona que pretende cubrir una mayor extensión de algo, genera poca presión sobre el mismo objeto». (El que mucho abarca, poco aprieta).
¡Abur!

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