AL VUELO-Migrantes

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Por Pegaso

Andaba yo volando en compañía de mi pegasita allá, por el boulevard Hidalgo, cerca del hospital del IMSS, cuando decidimos entrar a un negocio que vende pizza y pollo, porque en ese momento ya traíamos el hambre retrasada.

Pues bien, estábamos ya degustando el opíparo manjar cuando se acerca un sujeto de mediana edad, con el semblante cansado, sudoroso, con la ropa sucia y raída.

Se presentó como un migrante que fue deportado de Estados Unidos.

Y mientras hablaba, tomó un pedazo de piel del pollo que yo acababa de dejar en el platito de cartón, junto con los huesos y servilletas de papel.

Se me partió el corazón.

Mi pegasita nada más se quedó viendo la escena porque fue algo estrujante ver a un hombre completamente derrotado, tomando de la basura algo que llevarse a la boca.

Y yo, como simpatizante de la defensa de los derechos humanos me quedé reflexionando acerca del terrible destino de miles de personas que diariamente se aventuran hacia lo desconocido con tal de tener un mejor futuro para sus familias.

No digo que no haya individuos mal intencionados que vienen huyendo de la ley o de sus compromisos familiares, pero los más son obligados a abandonar sus tierras y a su gente porque la situación en el país está cada vez peor.

El fenómeno de la migración no es privativo de México, sino que el territorio nacional se ha convertido en el cruce obligado de todos los centroamericanos igualmente ahuyentados por las condiciones de pobreza extrema de sus países y la indolencia de sus gobiernos.

Aquí, nadie vive con un salario mínimo.

Ochenta pesos no son suficientes para comprar tortillas, frijoles y leche, además de ropa, pago de servicios, renta, escuela, etc.

Para que alguien viva más o menos bien, es necesario que tenga ingresos superiores a los cinco salarios mínimos.

¿Cuándo va a ganar eso un campesino, un obrero, una empleada de oficina, un albañil?
Mientras que en Estados Unidos la hora se paga a nueve dólares, el equivalente a 16 pesos la hora, es decir, ¡más de mil pesos diarios!

Hace unos días me dijo mi amigo Fortino López, presidente de la Asociación Nacional para la Protección de los Derechos Humanos y la Vigilancia Permanente de la Aplicación de la Ley (ah, pa nombrecito), que su organización presentó ante la Cámara de Diputados una iniciativa para que en realidad se respeten los derechos de los migrantes, nacionales o extranjeros que crucen por territorio nacional.

Actualmente, quien se lanza en busca del sueño americano, corre el peligro inminente de ser interceptado por todo tipo de policías, incluyendo soldados, que lo mínimo que le harán será bajarlo del macho con todo lo que traiga.

Correrá suerte si no cae en manos de la delincuencia organizada en el trayecto de más de dos mil kilómetros desde el sur hasta la frontera norte.

En caso de que llegue indemne a alguna ciudad fronteriza, como Reynosa, tendrá que buscar la forma de obtener recursos, sea robando, trabajando o llamando a algún familiar que le deposite algún dinero, para pagar al coyote que lo pasará el río.

Una vez allá, puede toparse con los granjeros gringos que constantemente juegan al tiro al blanco quezque porque la ley los protege al ver invadida su propiedad.

Tales rancheros comúnmente cuentan con un arsenal de armas pesadas, como metralletas, rifles de asalto, pistolas y hasta granadas que compran en las tiendas especializadas como si se tratara de chicles.

Así que la odisea que pasan los migrantes equivale a pasar por los siete círculos del infierno de Dante Alighieri.

Fortino López dice que la política actual del gobierno de México es de una doble moral, porque por un lado asegura que se protegen los derechos del migrante y por otro, cuando son detenidos los mantienen en centros de detención que más parecen cárceles.

En la iniciativa que presentó el pasado martes se establece la necesidad de armonizar de verdad las leyes mexicanas con las normas internacionales en cuanto al trato de las personas en migración.

Y uno de los aspectos es que no debe haber distingo entre mexicanos y extranjeros, porque las citadas leyes internacionales sólo hablan de personas, no de extranjeros.

Y así, me quedé meditando un rato, mientras aquel individuo astroso se retiraba mordisqueando el pedazo de piel que había tomado de mi plato.

Aquí está el refrán estilo Pegaso: «Es menester imitar los usos y costumbres del lugar que visitemos». (A la tierra que fueres, haz lo que vieres).

 

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