AL VUELO-Papalote

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Por Pegaso

| Juan creció como crecen todos los niños en aquel pueblecito pintoresco de Michoacán.

Escuela, recreo, juegos infantiles, canicas, trompo, balero…, una infancia de lo más normal.

Cierta vez, cuando volvía de clases escuchó una conversación que lo dejó intrigado.

Dos señoras de apariencia desgarbada hablaban en suaves cuchicheos algo que no alcanzó a comprender muy bien.

Hablaban de una tal Consuelo que se había fugado con un fulano la noche antepasada.

-“¿Sabías que la Consuelo se fue con Rafael, el caporal? ¿Qué su marido se quedó con sus tres hijos y la muy güila le anda dando vuelo a la hilacha?”

-“¡Huy, comadre, en estos tiempos ya no sabe uno qué se puede ver! Pero bueno, tú sabes que cada quien puede hacer de su cuerpo un papalote…”

Hasta ahí alcanzó a escuchar.

Estas palabras las recordó Juan durante mucho, mucho tiempo.
¿Cómo es posible que alguien pueda convertirse en un papalote?

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Juan creció y empezó a trabajar de peón en la hacienda Los Sauces.

Sus amigos solían aprovecharse de su simpleza jugándole crueles burlas.

-“¡Oye, Juan!-le decían-¿vienes con nosotros a pescar ballenas en el río?”

Otras veces imitaban su andar torpe y su hilarante tartamudeo.

Convertido en el hazmerreír del pueblo, Juan recordó de pronto aquella conversación de las beatas, se fue a la ferretería a comprar un hilo de cáñamo, se lo ató a la cintura y se elevó por los aires, aprovechando la fresca brisa de la mañana.

Hizo de su cuerpo un papalote.
Desde entonces, nadie lo volvió a ver.

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