Chalupa y buenas

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Alejandro de Anda

LO CLARO. Las acciones emprendidas por la rectoría de Dámaso Anaya en la Universidad Autónoma de Tamaulipas fortalecen directamente a la comunidad estudiantil al ampliar la matrícula, diversificar la oferta académica con criterios de inclusión y pertinencia y mejorar la infraestructura y equipamiento mediante un manejo responsable de los recursos públicos. Lo que se traduce en mayores oportunidades de acceso, formación de calidad y mejores entornos universitarios.

Este desempeño ha sido reconocido a nivel nacional al consolidarlo entre los rectores mejor evaluados del país en el Ranking Semestral de Rectores de México de CE Research, compartiendo posiciones con instituciones como la UNAM, el IPN, la BUAP y la U. de G.

Así, la proyección institucional y el respaldo ciudadano posicionan a la UAT como un actor clave en el desarrollo social, económico y cultural del estado, generando capital humano competitivo y un impacto positivo para Tamaulipas.

LO OSCURO. Cada cierto tiempo el país descubre un enemigo nuevo. Esta vez le tocó a dos cartas de la Lotería Mexicana. “La Dama” y “El Negrito” quedaron bajo sospecha. La solución –como todas las medidas extrañas con enfoque de género actuales- rebautizarlos como “La Mujer” y “El Artista”. Problema resuelto. Racismo desmantelado. Patriarcado abatido.

¿Cómo procede?

Se identifica un símbolo, se le atribuye el peso de siglos de injusticia, se le cambia el nombre y se declara victoria moral. Es cirugía de maquillaje aplicada a fracturas estructurales.

Datos fríos. En México, más de 46 millones de personas viven en pobreza. Más del 50 % de los trabajadores opera en la informalidad. La brecha salarial de género ronda el 14 %. Siete de cada diez mujeres han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. La población afrodescendiente reporta niveles de discriminación superiores al promedio nacional. Ninguna de estas cifras depende de una carta de cartón ilustrado.

En Estados Unidos, tras la muerte de George Floyd, se removieron más de 170 monumentos en un año. Universidades y escuelas cambiaron nombres; equipos deportivos como los ahora Washington Commanders abandonaron denominaciones históricas en procesos que costaron decenas de millones de dólares. La desigualdad racial en ingresos y patrimonio permaneció casi intacta en el corto plazo. El símbolo cayó… y todo sigue igual.

En Reino Unido, la estatua de Edward Colston terminó en el fondo de un río. En Canadá, más de 200 escuelas modificaron nombres asociados con políticas discriminatorias del pasado. Cada caso abrió debate y titulares. En paralelo, las

brechas sociales estructurales siguieron requiriendo reformas profundas, presupuestos robustos y voluntad política sostenida.

Cambiar palabras tiene impacto cultural, nadie lo discute. El problema a discutir es ¿qué hace la política pública para reducirlo?

Renombrar ofrece gratificación inmediata; no exige reestructurar sistemas de justicia, ni replantear políticas económicas, ni reformar policías. Es más rentable indignarse contra una imagen que contra una red de corrupción.

La ironía resulta es brutal. Mientras la mitad del país sobrevive en precariedad laboral, el foco se coloca en una baraja tradicional que ha pasado de generación en generación. El niño que juega lotería en una colonia marginada seguirá asistiendo a una escuela con carencias, aunque ahora la carta diga “El Artista”. La madre que enfrenta violencia seguirá dependiendo de ministerios públicos saturados, aunque la ilustración se actualice.

La energía social es finita. Cada campaña simbólica absorbe atención mediática, horas de discusión legislativa, recursos administrativos. ¿Cuántas fiscalías fortalecidas equivalen a un rebranding cultural? ¿Cuántos refugios para mujeres valen lo mismo que una cruzada digital contra una carta?

El debate cultural tiene lugar y legitimidad. El desvío estratégico, también tiene consecuencias. Un país que confunde la estética con la estructura, termina celebrando logros que caben en una imprenta mientras sus problemas reales exigen reformas que incomodan.

Si la Lotería cambia sus personajes, el cartón lucirá distinto. La desigualdad permanecerá idéntica. Y entonces quedará claro el tamaño real del gesto. Un triunfo en el terreno del diseño gráfico frente a un país que sigue esperando cirugía mayor.

COLOFÓN: Cuando al sistema político mundial (para no ‘encasillar’ sólo a los que conocemos) sea observado como homónimo de ‘el diablito’, entonces sí estaremos de acuerdo el cien por cien de la población.

alejandrodeanda@hotmail.com

@deandaalejandro