Por Mario Ramos
Todos conocen la larga amistad entre AMLO y el ahora canciller, Marcelo Ebrard. Pero dejemos descansar a Tin Tan un rato, vayamos a Maquiavelo. Llamémoslos, pues, Maquiavelo y su Príncipe.
Bien lo escribió el gurú de la política, y parafraseo: “el príncipe no encuentra su grandeza por voluntad propia, sino por lo que la fortuna le arroja y por cómo éste responde a ella.”
Marcelo Ebrard y su carnal, AMLO, han encontrado en este mes de junio a su perfecto enemigo: Donald Trump. La fortuna, así, les ha dado la oportunidad de probar sus virtudes ante el pueblo.
En la política nada es coincidencia, y no hay ninguna sorpresa, sino sorprendidos. Aquí los únicos desorientados serán los que ignoren la historia. Pues viene a colación el conflicto con el EZLN al que se enfrentó el gobierno de Salinas de Gortari. Qué curioso, oiga usted, eso sí que es muy curioso.
Analicemos:
Por aquellos años noventa, cuando la oposición al poder presidencial (Luid Donaldo Colosio) se engrandecía, estalló el movimiento Zapatista de Liberación Nacional. Esto lo supo aprovechar muy bien el orejón más infame del que se tenga registro, ¿cómo? Mandando a su pupilo (Camacho Solís) a lograr la paz con el ejército del subcomandante Marcos. La paz se logró y el apoyo al candidato Colosio se vio bastante diezmado en las encuestas.
Hoy en día no existe oposición de la cual AMLO deba preocuparse, pero sí acaba de jugar las mismas cartas que su némesis (Salinas de Gortari) frente a la vista de todos. Uno bueno y el otro malo, usted juzgará; en el fondo, maquiavélicos los dos.
EL bebé anaranjado cargó su pistola con balas de aranceles. A pararse frente al cañón se envió al canciller Ebrard. Victorioso, el carnal de AMLO ha regresado a casa con la paz envuelta en laurel (igual que Camacho Solís frente al EZLN).
Como digo, aquí no hubo un candidato a quién golpear, sino un precandidato al cual mostrar. A la luz pública ha saltado Marcelo, el carnal de nuestro presidente. Tanto así que, incluso los que no gustan de la política, ya saben de él y de su victoria.
Con letras grandes, entre bombo y platillo, es claro que Maquiavelo ha bautizado a su Príncipe con el fuego de Washington D.C….



