Ernesto Parga Limón
Ayer me sucedió algo extraordinario, estando en el bar esperando a un amigo que nunca llegó, me percaté que había en otra mesa una tertulia muy animada y concurrida, quizá 7 personas, todos hombres mayores en torno a los 75 años. Los tenía frente a mí, así que en la espera puse en ellos mi atención. La mesa exhibía, al centro, a manera del cartón que anuncia un reservado, un cartel que con primorosa letra cursiva rezaba: La mesa del conocimiento.
Se percataron de mi mirada insistente sobre ellos, nunca he sido disimulado cuando algo me interesa, tal vez herencia de mi madre. Uno de ellos con voz fuerte, me llamó con autoridad, – traiga acá su silla con todo y esqueleto-. Al instante me vi impelido a obedecer y sin desmontar, me arrastré y en un suspiro era ya, por un solo día, uno más en la mesa del conocimiento.
-Hace días-, dijo Hugo uno de los viejos, arqueando la ceja a fin de parecer inteligente de acuerdo al origen de su nombre, -conocí, sin proponérmelo, un episodio de pura humanidad, que pasó en otro lugar pero que bien pudo haber acaecido aquí, lleno de vicios y virtudes, de ira, de celos, de venganza, de prudencia, y de sacrificio que movieron, en esta trama que contaré, a los involucrados, fiel retrato de la vida-; acotó Hugo con énfasis, al tiempo que el humo del café llenaba de bruma y de misterio su rostro y la historia por venir.
Cedo ahora la palabra a Hugo en este espacio.
Resulta que a un hombre que conozco lo abandonó su esposa. Ella, dicho sea de paso, mujer increíblemente hermosa, dejó la casa conyugal de la mano de otro hombre más guapo y joven que mi amigo, que al enterarse fue a desahogar su tristeza con su hermano, importante hombre de la comunidad, este al saber la historia desgraciada de su querido pariente se sintió también burlado, y quiso acompañarlo a reclamar a la mujer y a al joven guapo su proceder, pensando que eso no debería quedarse así, como si nada hubiera pasado.
Tomó el teléfono, hizo 10 llamadas, y ya tenía casi un escuadrón de amigos solidarios que claramente no podían permitir que los amantes se salieran con la suya, irían todos a presentar querellas a casa del padre del joven irrespetuoso, pues ahí fue depositada la prenda conquistada por el joven galán.
Y allá fueron, los reclamos subieron de tono, el padre del galán también un hombre importante les hacía ver que la bella mujer no fue raptada en contra de su voluntad y que la prueba estaba en que no quería regresar, y que se encontraba feliz con su nueva familia.
Aquí, hizo una pausa Hugo en su relato, se acomodó los lentes, vio uno a uno a todos los contertulios, como para asegurarse que el interés en el desenlace de la historia había calado en todos ellos y también en el invitado ocasional que era yo.
Hugo tras un sorbo de café y un poco de fruta continúo…
-La discusión entre los bandos fue tan larga que pareció interminable. Pero nadie quería entender las razones de la contraparte, algunos de los amigos del marido se empezaron a impacientar, uno concretamente dijo que ya deseaba volver a casa porque lo esperaban su mujer y su hijo. A pesar del asedio de los visitantes, los locales se mantenían firmes como si estuvieran en una fortaleza inexpugnable. En un momento dado el padre del joven guapo, como queriendo ya zanjar la discusión, dijo que la vida era así y que como todos sabíamos el amor acaba. Pienso yo que le vino a la mente una canción o algo así. …
-Uno de los amigos, el de menos pulgas, dijo que sería mejor que se arreglaran las diferencias en una pelea con un representante de cada equipo. Los visitantes mandaron a su mejor gallo con fama de imbatible y muy ligero de pies, por el bando de los asediados quiso pelear el joven guapo pero su padre se lo impidió, pensando que perdería irremediablemente y se determinó que serían representados por el hermano mayor un hombre muy virtuoso. ¿Quién ganará?… pronto lo sabremos. –
Otra pausa de Hugo, otro sorbo de café, ahora el humo proviene de un cigarro que solitario se consume en el cenicero, y que aporta su cuota de teatralidad como un elemento de utilería en una obra en la que se cuidan todos los aspectos de la representación.
El mesero que atiende la mesa, curioso, dilata su quehacer queriendo alcanzar el desenlace. Al resto de los sabios de la mesa ya se les advierte una ansiedad creciente por conocer el fin de la historia, a mí, ni que decirlo.
Hugo retoma la palabra lanzando una mirada de complicidad a sus camaradas…
-Y empieza el combate, la pelea se torna emocionante, la victoria, cuál pérfida pluma al viento, coquetea, ya con uno, ya con otro de los dos bandos… ¿imagino que quieren saber quien resultó ganador? –
Con un fuerte, unísono y prolongado SÍ, contestan todos sus compañeros con el mesero incluido.
Se acomoda nuevamente los lentes Hugo y pronuncia socarronamente… -Pues léanse la Ilíada-
Y explotó en mi cara la carcajada cómplice; todos eran parte de la broma, y yo el nuevo incauto de ese ejercicio surrealista que los divertía, apropiándose cada día de historias clásicas que todos conocían.
Eso significaba “La mesa del conocimiento.”


