Los hilos del poder para que sean efectivos deben de ser imperceptibles, es como la magia que invade a los niños cuando extasiados acuden en sus primeros años de edad a presenciar el Teatro Guiñol.
Si en ese primer acercamiento con el arte teatral, se percataran de la presencia de la mano que mece los hilos, seguramente se desencantarían tanto que ya jamás volverían a apreciar el arte. Para que le magia persista es necesario que los actores parezcan que se mueven solos, que los títeres aparenten tener alma, voz y carisma, pero sobre todo que los espectadores se lo crean.
Si el niño, inquieto por naturaleza, decide dirigirse al área de atrás del escenario y se entera que los protagonistas no se mueven de motu proprio, entonces lo invadirá el desencanto y seguramente buscará en otras expresiones artísticas, la verdadera, la que lo haga y le permita soñar.
Así sucede con el ejercicio público, los cargos de elección popular permiten el privilegio de mandar y en ocasiones el cargo se ejerce con dignidad, voluntad y mano firme. Pero en otras ocasiones, los compromisos adquiridos impiden servir bien, por la simple y sencilla razón de que los hilos son tan gruesos que no se pueden ocultar, o no se quieren ocultar por así convenir a sus muy particulares intereses.
Una gran facultad que se tiene en la política es que los actores tienen una memoria tan flaca, que les permite hacer y decir con vehemencia cosas totalmente opuestas, según el momento en que vivan.
La exposición pública de los que aspiran, nos permite a los espectadores-niños, apreciar las dotes histriónicas de cada uno de los actores y como buenos observadores que somos, buscamos los hilos que los mueven.
En ocasiones nos invade una especie de infantil-confianza y creemos ciegamente en sus planteamientos, hasta que nos damos una «vueltecita» por la parte de atrás del escenario, es decir la historia y nos percatamos de que en su oportunidad, jamás practicó lo que hoy con denodado esfuerzo busca.
La democracia no es un traje a la medida de diseñador famoso, no se adquiere por un precio justo pagado, tampoco se obtiene por presiones sociales, esto ya lo sabe todo el mundo, pero el poder es tan brillante, que en ocasiones, ciega.
Si los hilos se rompen por lo más delgado, es lógico pensar que de tanto mover el títere, tarde o temprano uno de los cordeles ceda a los roces continuos y es aquí donde se pierde la magia, pues la marioneta luce desaliñada, cuando uno de sus brazos cuelga.
Por el contrario, cuando los hilos son delgados y firmes, y es uno mismo quien los mueve, para beneplácito de los imberbes espectadores, la magia se mantiene y los aplausos se reproducen en forma continua y sostenida.
No hay nada que convenza tanto a los niños, como la autenticidad en el espectáculo, el mismo que les debe de prodigar; la esperanza de que los sueños algún día se harán realidad, que los malos siempre serán derrotados por los buenos, que los pobres siempre recibirán una parte de lo que le quitaron a los ricos, que los ladrones siempre serán detenidos por la policía y desde luego, que jamás serán perceptibles LOS HILOS DEL PODER.


