Sucedió en Matamoros, como me lo platica lo cuento, son de esa cosas que uno nunca sabe que puedan ocurrir, pero suceden.
Mi amigo es de esos que le andan sacando la vuelta a cualquier problema, él desde hace ya muchos ayeres, tomó la decisión de ir a vivir a Brownsville, pues dice que acá, por el rumbo donde vivía, dormía poco e iba mucho al baño.
En efecto, en la zona donde habitaba, reclamaba muy seguido a sus nietos el tener el volumen de la televisión tan alto, y cansado de oír tanto balazo, les recriminaba para que fueran más discretos, hasta que se percató de que sus pequeños jugaban bajo la cama, pues los sonidos no salían del televisor, sino de la calle vecina.
A veces, dice él, me recordaba mi infancia, cuando veía aquella serie de televisión en blanco y negro llamada Combate, los bombazos y las granadas que tanto impacto me causaban cuando niño, ahora de viejo me producían diarrea.
Y ahí tenía, dice, en el buró de la cama, un bote de Kaopectate y otro rosado que no recuerda el nombre, pero que cortaba de inmediato los apuros.
Su vida de viudo, al lado de su hija soltera pero con dos hijos, no es del todo fácil, aunque su trabajo en Brownsville ganando dólares y gastando pesos, resultaba cómodo.
Hasta que los juegos pirotécnicos fueron acercándose a su casa y tomó la difícil decisión de ir a vivir del otro lado del rio.
Allá nada es barato, pero dice que ahora duerme bien. Ve a su hija y a sus nietos con una sonrisa en la cara permanentemente y sabe que fue una buena decisión, cuando los ve salir de la casa y él se queda sin pendiente mientras los huercos caminan hasta la escuela.
Casó joven por culpa de la hija, cuando apenas llegaba la adolescencia su novia le avisó de la llegada de la nena. Como hombre cumplido y bien educado, contrajo nupcias y por más esfuerzos que hacían, nunca llegó el añorado varón.
Su hija tuvo más suerte, le dio dos nietos, aunque nunca supo él quienes fueron los padres, desde el primero que huyó, el entendió que ante la ausencia física de su fallecida esposa y la ausencia física de los padres biológicos, el debía hacerse cargo.
Y no ha fallado, es una familia feliz.
Me dice que ahora entró al Facebook, sus nietos le enseñaron como y como cosa del destino, ahí encontró a una vieja amiga, de esas que conoció en la secundaria y el reencuentro se hizo impostergable.
Después del café de rigor, se hizo necesario un chupe y como esos los venden en la calle para llevar, los ánimos se caldearon y hubo necesidad de ir a la carretera a Victoria.
Se la pasó de motel en motel, encontró soldados, también afis, uno que otro policía militarizado y desistió de las ganas, dejó a su amiga en la casa y regresó a Brownsville, porque aquí no hay, dijo: NI DONDE ECHARSE UN BRINCO.


