Alejandro de Anda
LO CLARO. La Universidad Autónoma de Tamaulipas impulsa un proyecto pionero en ecofisiología vegetal que fortalece su infraestructura científica y la posiciona como referente regional y nacional en investigación de frontera.
Mediante la incorporación de tecnología especializada para el estudio de procesos como la fotosíntesis y la captura de CO₂, la institución amplía su capacidad para generar conocimiento útil en temas ambientales y productivos, al tiempo que consolida redes académicas en el noreste del país.
Este avance impacta directamente en la formación de estudiantes de licenciatura y posgrado, quienes desarrollan habilidades científicas en entornos de alta exigencia, elevando su perfil profesional.
En conjunto, el proyecto aporta beneficios tangibles a la sociedad al impulsar soluciones basadas en ciencia para el manejo sostenible de los ecosistemas, fortalecer el capital humano especializado y contribuir al desarrollo regional con conocimiento aplicado.
LO OSCURO. Entre 2010 y 2012, el mundo creyó que traía en la mano una herramienta capaz de cambiarlo todo. Facebook rebasó los mil millones de usuarios en 2012, Twitter convirtió cualquier evento en conversación global en segundos y la Primavera Árabe se vendió como la prueba de que la gente conectada podía empujar gobiernos, sacudir estructuras. En ciudades del Medio Oriente, siete de cada diez jóvenes ya consumían contenido político desde el celular. La narrativa era poderosa… ahora sí, la voz de todos iba a pesar.
Con el paso de los años, esa promesa empezó a mostrar grietas. A partir de 2013, con conflictos como la Guerra Civil Siria, el mismo canal que servía para organizar también servía para dividir. Las redes dejaron de ser punto de encuentro y se convirtieron en terreno de disputa. Cada grupo encontró su espacio, su versión, su verdad. El algoritmo aprendió rápido. Premia lo que genera reacción, lo que provoca. Y así, poco a poco, la conversación dejó de ser conversación y se volvió choque.
El golpe fuerte llegó entre 2016 y 2018. El escándalo de ‘Cambridge Analytica’ mostró que los datos de millones de usuarios de Facebook se usaban para influir en elecciones.
Brexit en 2016, elección presidencial en Estados Unidos ese mismo año. A partir de ahí, algo cambió en la percepción. En 2019, el ‘Pew Research’ (laboratorio de información basada en datos) ya registraba que 64 % de los usuarios veía a las redes como un factor que dañaba la democracia. La ilusión empezó a perder fuerza.
En América Latina, la historia siguió un camino parecido. Brasil en 2018 evidenció el peso de cadenas de desinformación; Venezuela mostró una batalla constante de narrativa digital; México también vivió el fenómeno con cuentas automatizadas y campañas coordinadas desde 2012, con mayor intensidad hacia 2018. La política encontró en las redes una herramienta eficaz para influir, pero también para polarizar.
Al mismo tiempo, el crecimiento fue brutal. En 2010 había alrededor de 970 millones de usuarios en redes sociales; para 2015 ya eran más de 2,300 millones. El segmento más fuerte era el de jóvenes entre 15 y 25 años. Ellos llenaron plataformas como Facebook, hasta que el espacio se saturó. Entonces vino la migración. Primero a Instagram y después a TikTok, que entre 2019 y 2021 explotó a nivel global.
El problema es que el fondo siguió siendo el mismo… demasiado contenido.
Para 2022, se subían más de 500 horas de video por minuto a YouTube. En Twitter circulaban cientos de millones de publicaciones al día. Todo el tiempo, todo al mismo tiempo.
El resultado global, fue el cansancio. Entre 2021 y 2022 empezó a hablarse abiertamente de fatiga digital. La gente seguía conectada, aunque cada vez con menos paciencia.
Luego llegó otro golpe. La inteligencia artificial. Entre 2022 y 2024, la capacidad de generar textos, imágenes y videos realistas cambió las reglas. Los ‘deepfakes’ crecieron de forma acelerada, con aumentos de más del 900 % entre 2019 y 2023.
Para 2024, más del 60 % de los usuarios ya dudaba de lo que veía en redes. La velocidad seguía ahí, aunque la confianza se debilitaba.
Y entonces aparece algo interesante. El regreso a lo básico. A partir de 2024 y 2025, empieza a notarse un cambio de ánimo. Más eventos presenciales, más interés por lo local, más necesidad de contacto real. La gente sigue usando redes, claro, aunque con otra actitud. Más filtro, más duda, más distancia emocional.
La historia completa dibuja una curva. Primero entusiasmo entre 2010 y 2012. Luego crecimiento masivo hasta 2015. Después crisis de confianza entre 2016 y 2019. Saturación y ruido entre 2020 y 2024. Y ahora, en 2026, un intento por recuperar equilibrio.
Las redes siguen como siempre, enormes, activas, influyentes. Aunque ya dejaron de sentirse como ese espacio limpio donde todos podían encontrarse.
Hoy se parecen más a un lugar donde cada quien escucha lo que quiere escuchar y refuerza lo que ya cree.
Al final, el ser humano termina regresando a lo esencial. A la conversación cara a cara, a la voz sin filtro, al momento que se puede comprobar sin pantalla de por medio.
Y ahí está el punto más duro de esta historia. Después de años mirando hacia una realidad construida en pantallas, el mundo empieza a redescubrir algo tan simple como poderoso… que la verdad, la que se siente, la que se confirma con los sentidos, siempre termina encontrando su camino fuera del ruido.
COLOFÓN: Ni tan bellos como en las redes, ni tan flacos e inteligentes. Solo somos más humanos… empezamos a descubrir que existen personas que hasta nos caen bien.
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