AL VUELO-34/54

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Por Pegaso

Revoloteando acá, allá y acullá por los límpidos y calurosos cielos de Reynosa me puse a leer los mensajes que mis compañeros de oficio, funcionarios y líderes amigos escriben para felicitarme por mi cumple, detalle que agradezco sobremanera.

Los que me conocen saben de mi inveterada costumbre de despertar a los cuates, ya sea por teléfono o en persona, si se trata de mi familia, con las Mañanitas cantadas por Topo Gigio, así que esta mañana me encontré de pronto con mi hija mayor que me puso en su teléfono las mismas mañanitas, pero cantadas por las ardillas. Tierno detalle.

La verdad es que no me gusta celebrar, pero nos hacemos viejos y nos empezamos a hacer sentimentaloides.

Hoy por la mañana estaremos echando el cafecito un buen rato en un céntrico café y recibiendo, por supuesto, sinceras congratulaciones por parte de mis apreciados amigos picateclas. Gracias por ello.

Pero hablemos también de la actividad periodística.

Hace 34 años me inicié allá, en la Prensa de Reynosa, organizando el caos que era el archivo del periódico.

Fue Fernando De Luna, a la sazón director, quien me dio la oportunidad de reportear en la Ribereña, después en Río Bravo y finalmente en Reynosa, en las fuentes de relleno.

Yo, como todo novato, caí en algunas bromas pesadas de mis locuaces compañeros.

Es clásico aquel reportero novato que se reporta con el Jefe de Redacción y le dice:
-Ve a buscar al Jefe de Taller y dile que te dé unos clavones.

Va el majaretas y le dice:
-Me manda el señor fulano a que me dé unos clavones.

Y todos los que están presentes se echan a reir. (Si alguien no entendió favor de contactarme al celular 8992281623 o a mi correo electrónico jerryzu62@hotmail.com)

Una variante de esta broma es cuando el Jefe de Redacción manda al bisoño reportero a que le pida el punto negro al jefe de taller.

Las bromas pesadas abundan en la redacción de los periódicos, pero sólo son travesurillas sin importancia.

Recuerdo, en el Valle del Norte, cómo un travieso compañerito aventó un petardo por debajo de la puerta del excusado, cuando el reportero de deportes hacía lo que nadie puede hacer por él, es decir, estaba en labor de parto intestinal.

¡Bummmmm!, se escuchó hasta la dirección.

Salió tambaleante el cronista deportivo, mientras que el resto de la redacción nos cagábamos de la risa, incluyendo el Director.

Permítanme insertar aquí un cuento de mi autoría que escribí hace unos tres o cuatro años.

Es sobre los pininos de un reporterillo cualquiera, en un periodiquillo cualquiera de un pueblecillo cualquiera, que viene pintado para lo que estoy comentando:
SE HUNDIO EL BARCO

-“¡Toma!-le dijo el Jefe de Información del periódico El Expreso al reportero novato-, ve a cubrir la información de la boda del señor López y la señorita González. Es a las ocho de la noche en el muelle número tres. La ceremonia se llevará a cabo en el buque “Cordelia”. No me falles”.

Simón tomó su cámara Kodak réflex, su libreta de apuntes y su cajetilla de cigarros Del Pasto.

Eran apenas las seis de la tarde y todavía faltaba mucho para la boda, así que se introdujo en el restaurante La Capilla, como lo hacía todos los días desde que colaboraba con el rotativo.

Pidió un café bien cargado y se puso a elucubrar.

Mientras repasaba las notas del día, se imaginaba mentalmente el escenario de aquella fastuosa celebración, al estilo de la más rancia sociedad del puerto: caballeros vestidos con toda elegancia, damas atiborradas de rutilante joyería, con vestidos amplios y coloridos, champaña, bocadillos de lo mejor y música en vivo.

Durante la mañana y parte de la tarde había cubierto la fuente de salud con entrevistas a los médicos que atendían cierta emergencia sanitaria de la colonia Constitución.

Más tarde hizo una entrevista a un trabajador de la empresa Enseres Domésticos, S.A. que inició una huelga de hambre por una presunta violación a sus derechos laborales.

Sorbo tras sorbo, transcurrió el tiempo.

A las siete con cuarenta y cinco de la noche se puso en marcha. Se dirigió a pie hasta el muelle tres, tarareando una alegre canción y balanceando la cámara que pendía de su hombro derecho. La libreta sobresalía un poco de la bolsa de su guayabera.

-“Aquí es”,-se dijo.

Subió la escalera del buque y se dispuso a hacer las primeras entrevistas a los asistentes.

En ese momento se sintió un golpe seco en el costado y la nave se balanceó, sacando de equilibrio a los presentes y haciendo caer de las mesas los lindos pasteles y las espirituosas bebidas que ahí estaban, listas para ser consumidas.

Al igual que el resto de los invitados, Simón se asomó rápidamente por la borda del barco y vio que un vehículo pesado había chocado de frente, causando un tremendo hueco por donde entraba un torrente de agua.

-“¡No se empujen”-gritó uno de la tripulación.

-“Tenemos que bajar en orden, los niños y las damas primero”,-repuso el Capitán, Gonzalo Cavazos.

Afortunadamente todos bajaron a tiempo y no hubo víctimas fatales. El barco se hundió y la policía portuaria iniciaba ya las averiguaciones para determinar la causa del naufragio.

Triste, meditabundo, Simón inició el camino de regreso al periódico.

-“¿Qué pasó?”-le dijo el Jefe de Información.

-“Nada, Jefe”-le respondió. “No pude hacer la nota que me pidió porque el barco se hundió”.

-“¡Grandísimo pendejo!”-le espetó el fúrico editor. “¡Esa era la nota de ocho columnas!”.

Nos quedamos con el dicho estilo Pegaso: «Rodeado de profesionistas de la información os veréis». (Entre periodistas te veas).

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