Por Mario Ramos
Todavía recuerdo el primer amanecer del 2017. No tomo, así que la cruda no hizo presa de quien les escribe.
Recuerdo salir de casa con el sabor del recalentado en la boca. Subí al auto e hice parada en una gasolinera. El lugar parecía baldío, la gente lo evitaba, incluso quien despachaba sabía que aquel no era el mejor lugar para visitar ese primer día de enero. Pedí 30 litros y la señorita dijo:
—Es tanto —sonó triste, avergonzada (de su gobierno, no de ella), ya que sería ella la primera en recibir las quejas.
Me hice el desentendido y cuando vi el panel digital del precio por litro los ojos se me pelaron.
Supe ahí que la vida adulta mexicana me había alcanzado.
¿Han escuchado esas canciones de Molotov? Los de mi generación las conocimos por nuestros padres, y nos atrajo el lenguaje altisonante de estas. Pero no fue hasta ese 1 de enero del año 2017 cuando las letras comenzaron a fundírsenos en el ADN, en el de todos los nuevos adultos.
Bastantes acabábamos de adquirir nuestro primer auto, y no habíamos terminado de planear cantidad de viajes cuando, de repente, se nos fueron mutiladas las alas. Seguro así debieron sentir en los años 90’s con la devaluación del peso y el FOBAPROA. Como a nuestros padres en aquel tiempo, a nosotros, los nuevos adultos, nos ocurrió a la inversa de ese personaje verde que odia las fiestas de sembrina: clarito sentí al corazón encogerse tres tallas, y una oscuridad amarga desbordó del pecho.
Todavía me veo frente al televisor, todo enfurecido, escuchando al infame EPN excusando sus atrocidades en una sarta de mentiras. Con sus ademanes ensayados, su discurso acartonado y un brillito en los ojos desde donde se le alcanzaba a asomar su burla al pueblo de México.
Debo admitir que aquel día fue también el primer día que necesité de una bebida más fuerte. Comencé a comprender el porqué del alcoholismo en muchos jefes y jefas de familia, y el paisaje del otro lado del Río Bravo comenzó a adquirir cierto resplandor engañoso, a llamarme.
No obstante, antes de cruzar y convertir la vida en horas de trabajo al servicio de los dólares, llegó “Ya Sabes Quién” y nos prometió bajar el precio de los combustibles. No sólo eso, a los habitantes de la frontera norte nos dibujó una realidad semejante a la que se presume desde el otro lado de los puentes internacionales: nada más y nada menos que la homologación en el costo de la gasolina y la reducción del IVA a la mitad (del 16% al 8%). Vaya, hasta el salario mínimo vino a duplicar. Todo esto entraría en vigencia a partir del 1 de enero de 2019.
Así que el día primero del presente año volví a desayunar ese recalentado. La casa se sentía diferente, vacía. La noche anterior habían asistido menos familiares, ya que bastantes sí decidieron pelarse “al otro lado”. Qué decir del guiso, sabía hasta menos rico. Se saboreaba la amargura dejada por un terrible sexenio en cada bocado. Los ingredientes habían sido diezmados, pues ya todo era más difícil de conseguir, todo costaba más.
Tomé las llaves del auto y salí con la intención de ir a una gasolinera.
Nada, la cosa seguía igual.
—Pero cuando se trata de subirle, ahí sí ¿verdad? Desde la madrugada aumentan el precio.
—Pues ya ve como es esta gente —dijo el despachador.
La historia se repitió. Volvimos frente al televisor a escuchar las mismas patrañas, mas no era el presidente esta vez.
El gobierno del estado y sus simpatizantes empresariales urdían algo como “Sí, bajaron el IVA, no obstante, esta medida no se aplicará en su totalidad a la vida comercial en la frontera; es más, se trata de una medida experimental que no durará mucho tiempo… A la gasolina no se le podrá homologar pues se les ha quitado el subsidio a las distribuidoras, y para compensar esto, el precio se quedará igual con tal de no afectar las utilidades de los empresarios… bla, bla, bla… La lucha contra el huachicoleo ha generado desabasto y esto resulta en otro aumento al precio del combustible… bla, bla, bla… Subiremos el sueldo, pero quitaremos otras percepciones… bla, bla, bla”.
Entonces la cloaca se destapó ante todos: ¿gasolineras subsidiadas (apoyadas con dinero público)? ¿Proteger las utilidades de los empresarios antes que el bolsillo de los ciudadanos? ¿Desabasto por combate al robo de combustible? ¿Qué es lo que nos han estado vendiendo tan caro?, ¿gasolina robada?
El paisaje al otro lado del río cobró más belleza, pero me gusta mi tierra, su comida, sus modos, y no tengo el estómago para dejar de ver a los que más quiero ni por todos los dólares del mundo. De a tiro he visto que esa distancia separa a las familias, las vuelve desconocidos adinerados. Se me ha figurado ver llorar al águila cada vez que uno de sus hijos emigra, pues el nacimiento de un pocho que ya no quiere a su patria es mismamente como la muerte de un mexicano.
Sin embargo, se asoma un horizonte allá en el mes de junio, parece como que en las boletas hallaremos el poder de crear un amanecer diferente. Y, entre toda esta miseria que nos han fabricado desde hace décadas, estoy seguro que, nosotros, los que amamos a México, no le tenemos más miedo a los precios de lo que ellos le temen a nuestro voto en las urnas electorales.



