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AL VUELO-Gallinicidio

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Por Pegaso

Andaba yo volando allá, cerca del albergue Senda de Vida, donde manda galleta el pastor Héctor Silva, porque me habían dicho que ahí estaba hospedado un ciudadano cubano de los que se habían quedado varados después de la derogación de la política gringa llamada «Pies secos, pies mojados».

Y efectivamente, ahí estaba, y lo pude entrevistar para elaborar el reportaje que hoy aparece en el periódico La Prensa.

Yo, como Pegaso nostálgico que soy, guardo mucha admiración por el pueblo cubano.

Cuba aportó al mundo al más grande ajedrecista de la historia: José Raúl Capablanca y Gaupera, y fue también el origen de una de mis series radiofónicas favoritas de los sesenta y setenta: La Tremenda Corte.

Llega el Señor Juez y se sienta en su escritorio. Se escucha la voz del Secretario que dice: «Audiencia Pública: El Tremendo Juez de la Tremenda Corte va a resolver un tremendo caso».

Después de eso empieza el diálogo:

-Buenas noches, Secretario.

-Buenas noches, Señor Juez. ¿Cómo amaneció el día de hoy?

-Hoy amanecí bien, no me duele nada.

-¿No estará usted enfermo?

-¿Cómo enfermo? Le digo que no me duele nada. Y dígame, ¿usted qué siente?

-Yo siento tener que venir a trabajar…

-Póngase 50 pesos de multa.

-¿Y me puedo ir a mi casa?

-¡Póngase cincuenta pesos más!

-Está bien, Señor Juez, pero déjeme decirle que cuando usted se enoja se ve con más personalidad, con más elegancia.

-Quítese los cien pesos de multa, y dígame ahora qué caso tenemos para hoy.

-Se trata de un caso de asesinato, Señor Juez.

-¿En qué consiste?

-En la muerte de la Gallina de los Huevos de Oro, ni más ni menos.

-¡Que pasen los complicados en este gallinicidio!

El Secretario llama a los testigos y al acusado:

-¡Luz María Margarinina!

-¡Aquí, como toos los días!

-¡Rudeandresindo Obradoreido y Escobiña, alias El Pejurro!

-¡Prejenteeee!

-¡José Candelario Trespeñines!

-¡A la rejaaaaaa!

-Y Díganme, ¿quién acusa a quién?

-Yo, señor Juez. Yo acuso a Trespeñines de haber matado a la gallina de los huevos de oro.

-Y dígame, Margarinina, ¿cómo ocurrieron los hechos?

-Pues mire. Mi esposo, Felipillo Calderón fue Presidente, pero tenía a la gallina en su corral, bien cuidadita. Todos los días le daba
su maicito para que tuviera fuerzas y pudiera poner los huevos de oro. Pero vino el señor Trespeñines y la mató para comérsela en un caldo.

-¿Qué contesta a eso, Trespeñines?

-¡Yo?

-Sí, usted…¿Qué tiene que decir a la acusación presentada por la señora Margarinina?

-Pero si tú la conoces, ya, chico, ya tú la conoces y habla más de la cuenta esta señora.

-La acusación es seria. Se le acusa de haber matado a la gallina de los huevos de oro. ¿Cómo se va a defender de esa acusación?

-Oye, chico, pero, ¿qué hubieras hecho tú?

-¡No lo sé, y no me tutée; no sea igualado!

-Bueno, chico, pues resulta que el esposo de la señora me dejó la gallina para que pudiera cuidarla, y bueno, todos los días ponía unos huevos enormes, preciosos que se vendían muy bien en el mercado, y otros nos los repartíamos entre yo y mis amigos…

-¡El burro por delante!

-Pase uté…

-¡No! Le estoy explicando que no se dice «yo y mis amigos», sino «mis amigos y yo».

-¡Ah, bueno, chico! ¿Es que tú también recibías uno de los huevitos por abajo de la mesa?

-¡¿Qué!? Señor Secretario, póngale 500 pesos de multa a Trespeñines por desacato a la autoridad.

-Pero hombre, chico, yo nada más te etaba explicando cómo era el reparto de los huevos de oro. Pero resulta que un día quise ver dentro de la gallina para ver si había una mina de oro dentro del animalito…

-¿Una mina de oro dice usté?

-¡Claro, chico! Quería ver si había una mina de oro ahí adentro para que todos pudiéramos tener algo, pero resulta que la gallina se murió…

-¿Se murió?

-¡Sí, chico! Todita, así que lo que hice fue hacer un caldo y luego invité a Margarinina y a su esposo Felipillo, y también a Rudeandresindo…

-Sí, pero nosotros creíamos que se trataba de otra gallina, y no la de los huevos de oro, así que eso fue un engaño y por eso venimos a poner la denuncia, ¿no es así, Rudeandresindo?

-Lo que dije la jeñora Margarinina ej muy jierto, Jeñor Juej. Trejpeñinej noj engañó vilmente.

-Pero, ¿a poco no estaba sabroso el caldo?

-Bueno, sí, pero nosotros no sabíamos que era la gallina de los huevos de oro la que estaba en la olla.

-Yo hajta penjé que era un guijo de mi tierra. Me gujtó tanto que me quedé chupando los dedoj. Pero ejo no le quita la culpa por haber matado a la gallina equivocada.

-Óyeme, yo tengo la manera de solucionar esto, ¿eh? Si Lucía me da permiso…
-¿Cómo?

-Si Lucía me da permiso.

-¿Qué Lucía?

-Usted, chico.

-¡Usía! Lucía es nombre de mujer. ¡Lucía es nombre de mujer y Usía soy yo, el Juez!

-Etá bien, etá bien, chico, con el permiso tuyo.

-A ver, díga cómo piensa solucionar el gallinicidio.

-Aquí se puede arreglar eto, Margarinina y Rudeandresindo. Vamos a comprar los huevos al granjero vecino que tiene otra gallina igual. De esa forma volverán a tener los huevos que tenían antes y todos quedaremos conformes, ¿verdá que es bien fácil?

-Nada de fájil porque ejo noj cojtará máj caro…

-No se puede hacer eso porque la gente va a protestar. Señor juez, quiero que metan a la cárcel a Trespeñines por la muerte de la gallina.

-Ejtoy de acuerdo.

-Tome nota, Secretario.

-¡Venga la sentenciaaaa!

-Por este delito lamentable, como la ley me enseña, la gallina tiene que ser al corral devuelta, y usted por su enorme crimen, cumpla un año en la prisión y así yo quedaré conforme.

-¡Cosa má grande, chico!
Termino ésta colaboración con el refrán estilo Pegaso: «¿Cuál habría sido su decisión en relación con las circunstancias?» (Y ustedes, ¿qué hubieran hecho?».

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