AL VUELO-Hidra

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Por Pegaso (Adaptación de la historia girega de Los Trabajos de Hércules).

El ser humano, y menos los mexicanos, no aprendemos de las lecciones de la historia.

Hércules pudo vencer a la espantosa hidra de Lerna, mostruo de siete cabezas que vivía en el lago Lerna. Cuando se enfrentó a ella, por cada cabeza que cortaba surgía otras dos, así que buscó la ayuda de su sobrino Yolao, quien cauterizaba el cuello de cada cabeza que Hércules iba cortando hasta que se acabaron todas y el monstruo quedó sin vida.

Aquí la historia (tomado de El blog de El Bachiller):
A Hércules le faltaban aún muchas hazañas por realizar, hasta liberarse del yugo del cruel Euristeo. A pesar de haber demostrado su valentía derrotando al león de Nemea, el rey le deparaba un enemigo aún peor.

En las húmedas tierras que circundaban el lago de Lerna, oculta bajo la sombra de los plátanos y custodiando una de las entradas del mundo subterráneo, se encontraba la Hidra, que había sido cuidada por la propia Hera, madre de los dioses y enemiga implacable de Hércules. Esta hidra se asemejaba a una enorme serpiente y estaba dotada de un aliento venenoso que expulsaban sus incontables cabezas. Nadie había sobrevivido a su encuentro, pero Euristeo exigió a nuestro héroe que se encaminara hacia Lerna para acabar con el monstruo.

Hacia allí se dirigió Hércules, acompañado por su sobrino Yolao, fiel escudero que le acompañaba en sus aventuras. Ambos guardaban silencio en el carro que conducía éste, conscientes del peligro que iban a afrontar.

Cuando llegaron al lago, no les costó adivinar dónde se encontraba la guarida de la Hidra, pues un reguero de huesos marcaba un fatídico camino hasta la entrada de la cueva donde se encontraba el monstruo. Ambos prendieron antorchas que arrojaron en el interior de aquella negra oquedad, para forzar a la Hidra a salir al exterior y enfrentarse a ella bajo la luz del sol.

Quizás hubieran preferido luchar en la oscuridad, pues el aspecto del ser que emergió de las profundidades de la roca, siseando como si albergara la rabia de mil cobras enfurecidas, encogió sus corazones. El aspecto de la Hidra era imponente. Se irguió por encima de la altura de los caballos, que huyeron horrorizados y sus incontables fauces empezaron a exhalar su aliento mortífero. Por suerte, tanto Yolao como Hércules habían tomado la precaución de cubrir sus rostros con telas, para impedir que aquellos gases infectos pudieran dañarles y, con un grito descomunal, Hércules se abalanzó sobre la Hidra, blandiendo una espada de oro. Cegado por la furia del combate y la repugnancia que le causaba el animal, no se dio cuenta de que sus embates no hacían sino redoblar la fortaleza de su enemigo.

– Detente, Hércules, por cada cabeza que corta el filo de tu espada, surgen dos nuevas serpientes.

¡Huyamos antes de que sea demasiado tarde! – suplicó Yolao.

– ¡El fuego, tu antorcha!

Yolao entendió al instante las instrucciones de su tío. Haciendo acopio de valor, se acercó hasta los dos combatientes y aplicó el fuego de una antorcha sobre los cuellos cercenados por la espada de Hércules, cerrando así las negras heridas e impidiendo que nuevas cabezas pudieran brotar.

La Hidra se retorcía de dolor y ya apenas le quedaba la serpiente principal, aquella que era inmortal y no podía ser dañada. Con un rápido movimiento, blandiendo la espada con sus fuertes brazos, Hércules cortó el cuello que sustentaba la cabeza de la Hidra, que cayó al suelo entre estertores, derramando una sangre espesa, negra, nauseabunda. El héroe había vencido de nuevo, esta vez con la ayuda inestimable de Yolao que, desfallecido, contempló cómo su tío enterraba la cabeza del monstruo y untaba con aquella mortífera sangre la punta de sus flechas, que a partir de ese momento tendrían un efecto letal al menor roce.

Exhaustos y tratando de olvidar el horror que dejaban atrás, regresaron a Tebas, en busca de más instrucciones de quien era en realidad su más difícil enemigo, Euristeo.

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