Por Pegaso
Las señales de humo fueron desarrolladas siglos atrás por las tribus de pieles rojas que habitaban un vasto territorio de América del Norte.
Las usaban para comunicar eventos importantes a gran distancia, como una victoria, una derrota, para pedir ayuda o la muerte de alguno de sus jefes.
Para hacerlo, primero escogían una colina lo suficientemente alta, donde elaboraban una hoguera con madera aún húmeda, que era la que proporcionaba el tipo de humo blanco y denso.
Dos de ellos tomaban entonces una manta de cuero y un tercero agregaba diferentes hierbas para cambiar la coloración de la voluta de humo, de acuerdo a lo deseado.
Los estudiosos opinan que con éste sistema se podían elaborar mensajes complejos que eran perfectamente entendibles entre ellos mismos gracias a un código de formas, espacios y colores.
De hecho, cada tribu tenía su propio código de señales de humo, sin embargo, había uno en común para todos en caso de un ataque de los «caras pálidas».
Las señales de humo se popularizaron en el cine, en las películas de indios y vaqueros.
Los extranjeros, parados sobre un promontorio veían a lo lejos una columna de humo con varios globos separados entre sí, pero no podían comprender aquellas señales.
Era algo así como el Skype o el WatsApp de aquellos tiempos entre los antiguos habitantes de las estepas norteamericanas.
Todo esto que pude consultar en Internet viene a colación porque andaba yo volando ayer por el nuboso cielo de Reynosa, cuando empecé a observar a lo lejos una columna de humo, y luego otra, y luego otra.
Lo primero que me vino a la mente fue que quizá se trataba de varias tribus de pieles rojas comunicándose algún mensaje importante entre ellos.
Ni tardo ni perezoso me fui derechito a una de aquellas fogatas pero, ¡oh, decepción!, era un montón de llantas quemándose y no vi ni a un pinche indio con una manta.
Me dirigí después hacia el poniente, pero sucedió lo mismo, y luego al norte, donde se estaba quemando un basurero.
Por medio de las redes sociales me enteré que se estaba desarrollando en ese momento una persecución, pero no era de vaqueros contra indios, sino de soldados contra delincuentes.
Y más aún, dos helicópteros de la Marina casi me vuelan las alas cuando pasaron a mi lado.
Total, me dirigí al Parque Cultural donde se tenía programada la presencia del Gobernador del Estado Francisco García Cabeza de Vaca.
A esa hora, poco después de las cuatro de la tarde, ya había un titipuchal de gente.
Se esperaba que G1 arribara a las seis, pero posiblemente la situación que se presentó en Reynosa hizo que se retrasara una hora.
Llegó Cabeza de Vaca unos minutos después de las siete y saludó a miles de personas en su recorrido hasta el templete.
Ya ahí, emitió un sentido discurso donde comunicó a los asistentes que de aquí en adelante se escribirá una nueva historia para Tamaulipas.
Dijo que somos muchos más los que queremos la paz para Reynosa y para Tamaulipas, y que se hará lo que se tenga que hacer para que lo entiendan propios y extraños.
Dialogando con algunas personas que asistieron al evento sobre lo extraño que fue el día de ayer, uno de ellos comentó que la quema de llantas fue un mensaje para las nuevas autoridades, algo así como: «¡Yujuuu, aquí estamos!»
Y la verdad es que no se tiene que ser un genio para entender que la delincuencia organizada sigue tan fuerte o más que cuando empezó esa guerra.
Los seis años de Calderón y los tres que lleva Peña Nieto no han servido para nada. Miles de muertes, millones y millones de pesos gastados, una economía clavada con alfileres y una población dominada por el miedo.
Termino con el refrán estilo Pegaso: «El individuo de la especie Gallus gallus, cuando presenta características de excelencia, emite su característico sonido gutural en cualesquier cercado». (El que es buen gallo, en cualquier corral canta).


