Por Pegaso
Andaba yo volando allá, por el rumbo de la colonia 10 de Mayo, considerada como uno de los más grandes cinturones de miseria que tiene Reynosa.
Y me di cuenta que a pesar de los rimbombantes programas gubernamentales, como la llamada Cruzada Contra el Hambre y sus derivados PAL Sin Hambre y el Programa de Apoyo Fronterizo, la gente sigue estando igual de jodida.
Ver las condiciones precarias en que viven miles de familias me hizo recordar mi propia infancia.
Mi familia era tan pobre, pero tan pobre, que cuando pasaba el camión de basura me decía: «¡Corre y dile que te dejen dos botes!»
Eramos tan pobres que mi papá tenía varias chambas, como aquel personaje de la película de Pedro Infante «A Toda Máquina», que llegaba diciendo: «¡Ya vine, vieja!» y unos segundos después salía vestido de bombero para despedirse: «¡Ya me voy, vieja!»
Uno de esos trabajos era de corredor de bolsa. Sí. En el mercado se encargaba de llevar las bolsas de las señoras hasta el carro.
Tan pobres, pero tan pobres éramos, que en mi casa comíamos a la carta. Aquel que sacara la carta más grande era el que comía.
Al llegar la noche mi papá nos juntaba a todos los hermanos y nos decía: «Le doy un peso al que se quiera quedar sin cenar esta noche». Y a la mañana siguiente, cuando nos sentábamos a la mesa, mi papá le decía: «Si quieres almorzar, devuélveme el peso».
Eramos muy pobres en aquel entonces. Tanto así que solíamos hacer un marco de cartón con unos botones pintados a un lado. Lo poníamos en la ventana y así podíamos ver la tele del vecino, pensando que era nuestra.
Pero además de pobre, yo recuerdo que era un pegaso muy feo.
Cuando nací, allá en la colonia Escuadrón 201 de la capirucha, el doctor en lugar de darme las clásicas nalgaditas me agarró a chingadazos.
Mi mamá, en lugar de darme el pecho, me daba la espalda.
Un día, cuando tenía como cinco años, una vecina le recomendó a mi mamá que me pusiera una nodriza. Creo que mi amada progenitora entendió mal, porque lo que me puso fue una madriza. Quedé peor que el Fabiruchis.
Tan feo era, que en lugar de tener un amigo imaginario tenía dos, para no sentirme tan solo. Pero los muy gachos se ponían a platicar entre ellos y a mí ni me pelaban.
Alguien me dijo hace poco: Pegaso, pues se nos fue El filósofo de GÜemez, pero quedaste tú para hacernos sonreír cada mañana con tus ocurrencias.
Tomo la estafeta con mucho gusto, aunque se trata de una tarea difícil por los inteligentes y sesudos comentarios y buen humor que imprimía a su columna mi buen amigo Ramón Durón Ruiz, que en paz descanse.
La vida hay que tomarla con filosofía, y si se puede, con alegría.
Si no disfrutamos nuestro trabajo, entonces viviremos siempre con amargura.
Hay que reirnos de todo, incluso hasta de nosotros mismos.
Por eso, aquí nos quedamos con el refrán pegasiano: «Quien profiere de manera postrera sonora carcajada, manifiesta su felicidad de una manera más apropiada». (Quien ríe al último, ríe mejor).


