Por Pegaso
Andaba yo volando allá, sobre el boulevard Morelos, donde ayer domingo se realizó el tradicional desfile conmemorativo del inicio de la Revolución Mexicana, en el cual desfile participaron más de cuatro mil chavos y chavas de todos los niveles de educación.
Aterricé, pues, a un lado del templete donde empezaban a llegar apenas las autoridades e invitados especiales.
Antes de iniciar la ceremonia de honores a la bandera, me puse a pensar si realmente lo que estamos conmemorando corresponde con la realidad historiográfica de nuestro país. No con lo que nos dicen los libros, sino con los verdaderos sucesos que ocurrieron antes, durante y al término del movimiento revolucionario.
Muchos le tienen un gran fervor a Francisco Villa por ser el héroe nacional por excelencia, pero para empezar, ni siquiera ese era su nombre verdadero. Se llamaba José Doroteo Arango Arámbula y posiblemente no le gustaba mucho porque se lo cambió por el de un viejo bandido que se dedicaba a asaltar las haciendas.
Pero como Villa se convirtió en una leyenda, o como dicen otros, en el Robin Hood mexicano, hay varias versiones que tratan de explicar porqué del cambio de nombre.
La primera dice que cuando se encontraba fugitivo de la justicia fue acogido por un grupo de bandidos cuyo jefe se llamaba Francisco Villa, el cual le dio alojamiento y pronto empezó a trabajar para ellos.
Por su lealtad y valentía pronto se ganó el aprecio del líder, así que cuando éste fue herido en un tiroteo, antes de morir lo nombró su sucesor. Doroteo decidió que a partir de entonces se llamaría Pancho Villa.
Al continuar su vida de bandido de pronto se vio inmerso en el movimiento revolucionario y poco después defendía las causas de la clase popular explotada por los hacendados.
La segunda versión dice que el padre Luis Germán Gurrola, al tener relaciones con su sirvienta Micaela Arámbula no quiso reconocerlo. Entonces fue bautizado por Agustín Arango, quien era hijo natural de don Jesús Villa, abuelo paterno delniño y por ello adoptó su apellido, llamándose Francisco Villa.
La tercera señala que una mujer de apellido Arango, luego de un romance con Jesús Villa se fue a residir a San Gabriel, Jalisto o a San Juan del Río, Duranto, y ahí nación Agustín Arango, quien debió llamarse Agustín Villa Arango, pero se desconocen los motivos de porqué Jesús Villa no le dio nombre a su hijo y porqué este recibió el apellido de su madre. Luego Agustín Arango se casó con Micaela Arámbula y de ellos nace Dotoreo Arango, quien luego retoma el que su padre le contaba era su apellido legítimo para sí hacerse llamar Francisco Villa como medida para ocultar su identidad.
Por cierto, en los corridos que se hicieron durante la vida tormentosa de «El Centauro del Norte», destaca su apasionada vida sentimental: «Pancho Villa para viajar/necesitaba dos vagones/uno para sus mujeres/y otro para sus cañones».
Y ese es sólo uno de nuestros héroes.
Zapata parece ser un líder más genuino. Se inició como caballerango y luego se enroló en el Ejército a las órdenes de Porfirio Díaz.
Se interesó por los problemas de tierra que en esos años estaban en manos de los hacendados.
Pronto se asoció con Madero para iniciar la lucha revolucionaria en el sur del país.
Pero al igual que la gesta de Independencia, la Revolución parece estar plagada de imprecisiones y hasta de errores a propósito.
Dicen algunos pensadores que la historia la hacen los vencedores y así, después del movimiento revolucionario aparece en la escena política el nuevo sistema partidista que nos llevaría al México moderno.
Para nadie es un secreto que vivimos tiempos convulsionados. Por ahí surgió la versión de que en México cada cien años hay un gran movimiento social que cambia por completo el panorama nacional.
Así, tuvimos entre 1810 y 1821 la guerra de Independencia, y la lucha revolucionaria entre 1910 y 1920.
Coincidentemente, en el 2008, casi cien años después de la última convulsión, surge una nueva, pero ahora no se trata de caudillos, sino de narcotraficantes.
Llevamos ya ocho años de guerra. Si el patrón se repite, estaremos saliendo de ella entre el 2018 y el 2020.
Pero volviendo al colorino y animado desfile conmemorativo de la Revolución, me decía una regidora que se solicitó a las escuelas no incluir en sus tablas rítmicas y estampas revolucionarias melodías modernas, reggaeton, salsa, rock pesado o cualquier otro tipo de música que no va con los festejos patrios.
Y lo cumplieron.
Pero como siempre hay una forma de salirse por la tangente, lo que los maestros hicieron para acompañar las rutinas de sus pupilos fue poner música mexicana… ¡remasterizada!, es decir, con efectos de alta tecnología.
Quizás los chavos no se motivaban al escuchar los tradicionales acordes de la Adelita, La Rielera o La Cucaracha y por eso optaron por pedir algo más movidito para contrarrestar el frío que se sentía durante la mañana del domingo.
Haiga sido como haiga sido, los reynosenses apreciaron el esfuerzo de los participantes.
Y así se llevó a cabo el desfile tradicional de la Revolución Mexicana.
Finalizo con el refrán estilo Pegaso: «¡Apertúrenla, puesto que poseo un proyectil que se impulsa mediante un cartucho de pólvora percutido por un arma de fuego!» (Ábranla, que llevo bala).




