Por Pegaso
Volando entre las frías y húmedas nubes que trajo el frente frío número 12, allá, cerca de la colonia Ramos, donde se ubica la Zona de Tolerancia, recordé un comentario que hizo recientemente un colega periodista sobre la idea de clausurar definitivamente ese lugar, uno de los pocos que quedan en su tipo en Tamaulipas.
Primero lo hizo como pregunta al Rector de la UAT, Enrique Etienne Pérez del Río y éste, entre molesto y divertido le dijo que no frecuenta esos lugares, por tal motivo la respuesta la deja en las autoridades competentes.
Y después lo repitió ante el representante del Gobernador, en un evento donde fueron presentados los nuevos funcionarios locales.
Luego de eso me encontré en un café a Ricardo Arroyo, el autor de esas preguntas y le dije que en el fondo la idea me parece excelente, porque se borraría del mapa un lugar que se ha convertido en un búnker para todo tipo de mafiosos y se podría aprovechar el predio para hacer algún complejo deportivo o un museo, o un parque de barrio, qué se yo.
Pero él asegura que ahí se va a construir un casino tipo Las Vegas.
Dejando a un lado las extravagancias de Arroyo, recuerdo que hace muchos años, cuando yo era un Pegaso chaval, el «zumbido» o «zonaja», como lo conocíamos en la cercana colonia El Chaparral, era un importante centro de atracción turística.
Muchos gringos y pochos venían los fines de semana a las presentaciones de burlesque que ofrecían algunos de los más prestigiados establecimientos, como el «Banana Show» y el «Chango Maníaco».
Se cuenta de una vez que un gringo llegó al Bastón, algo tomado de copas. Sentóse cerca de la pasarela donde una desnudista hacía su número ante la excitada concurrencia masculina.
Pronto quedó como Dios la trajo al mundo, es decir, en cueros.
El maestro de ceremonias dijo: «¿Quién de ustedes se anima a subir con nuestra bella bailarina?»
Ni tardo ni perezoso, el ebrio sujeto se subió a la pasarela y empezó a perseguir a la ninfa, que daba vueltas alrededor de un tubo, para beneplácito del respetable público.
«¡Que se quite la ropa!»-dijo alguien.
Y como el gabacho entendía algo de español, procedió a aligerarse de ropa, hasta quedar completamente desnudo.
«¡Que role la ropa!¡Que role!»,-dijo el mismo malora de antes y la vestimenta se esfumó.
El gringo tuvo que regresarse a su país desnudo y sin un dólar encima.
Hoy Reynosa no tiene una, sino dos zonas de tolerancia.
La primera se encuentra ubicada en la sórdida colonia Ramos, cerca del libramiento Echeverría, a unos metros de las instalaciones del CEDIF, del asilo de ancianos y del Archivo Histórico Municipal.
La segunda ocupa el lugar que antes era el barrio El Central, cerca de las vías del ferrocarril.
Entiendo que Arroyo se refiere a la primera cuando habla de que el Gobernador Francisco García Cabeza de Vaca está más que dispuesto a cerrar la «zonaja» de una vez por todas para que después algún inversionista construya en ese sitio un fastuoso casino de juegos.
No creo que llegue a tanto, lo que sí sé es que actualmente Reynosa está convertida en una moderna Sodoma donde la prostitución se ha desbordado hasta el límite.
Ya no sólo se delimita al llamado predio rojo, sino que ahora la tenemos en El Centralito, en la calle Aldama, en los anuncios clasificados de algún periódico y en Internet.
Por cierto, Reynosa es conocida a nivel internacional por tres de sus calles: La del Taco (Oaxaca), la del Gramo (Iturbide) y la del Joto (Aldama).
La razón de ser de la Zona de Tolerancia era precisamente contener el vicio y la prostitución en un sólo lugar, limitado por altas bardas.
Pero eso ya no es posible.
El refrán estilo Pegaso dice: «El más tormentoso tugurio suele mantenerme aprisionado cuando se escancean las bebidas espirituosas, con presencia de las féminas y cuando hay instrumentos musicales de cuerda con caja de resonancia». (El antro de lo peor me atrapa entre sus garras, si hay vino, si hay mujeres y guitarras).



