Locuras Cuerdas
Hoy quiero hablar de valores, ese concepto tan dilatado y profundo que hace tanta falta en el seno familiar para fortalecer el empaque existencial de nuestros hijos y que nos da la oportunidad de cosechar frutos a largo plazo pero con una estabilidad general para nuestra descendencia.
Descanso en gran parte mi planteamiento en el insigne e ingente escritor regiomontano Alfonso Reyes, hijo del tristemente célebre y vilipendiado Bernardo Reyes, ex gobernador de Nuevo León en la época Porfiriana.
Aterrizo particularmente en el sagrado vinculo que unía al escritor de fama universal, con su político padre, quien fue protagonista de la decena trágica y que por esa razón la historia lo registro como una persona nefasta y procaz desde la perspectiva de los triunfadores de la revolución, que fueron quienes dictaron la historia oficial de los hechos.
Pero quiero atraer a usted, mi estimado lector, algo muy íntimo de estos dos personajes célebres, cada uno en su estilo y que es muy rescatable para aterrizarlo en la dinámica de las familias y que se refiere al profundo y dilecto amor que Alfonso le profesaba a su padre Bernardo.
Que un hijo ame a su padre de la forma tan evidente, tan intensa y, ahora más que nunca vale el adjetivo calificativo, tan poéticamente, no es producto de la casualidad sino es cosecha de una situación que se sembró durante el paso pausado y gradual de los años compartidos.
Alguna vez leí que el fervor que sentía, Alfonso el escritor y poeta por su padre Bernardo Reyes, era de un ardor que encendía pero no cegaba su pluma. La veneración por el recuerdo de su padre lo llevo a inspirarle los más apasionados escritos donde el proyectaba su profunda admiración y respeto por él.
En algún momento la separación de padre e hijo, por motivos de trabajo, fue inevitable, más sin embargo la semilla del amor y respeto ya estaba sembrada en el corazón de Alfonso Reyes y en esa etapa de su vida, en la distancia lo apreció y lo valoró más como su padre que era y le alcanzo para plasmar las siguientes palabras: “Discurrí que estaba ausente mi padre, situación ya tan familiar para mí, y de lejos me puse a hojearlo como solía. Más aun, con más claridad y con más éxito que nunca. Logre traerlo junto a mí a modo de atmosfera, de aura. Aprendí a preguntarle y a recibir respuestas. A consultarle todo.
Que importante es saber encontrar el modo y la forma, cargadas de congruencia ante la apreciación de nuestros hijos para hacer de ellos mujeres o varones de excelsa madurez emocional, espiritual y existencial para que sepan enfrentar las adversidades propias de este mundo. Bien podríamos deducir que el recio y rudo militar que fue Bernardo Reyes, encontró el camino para sembrar en su hijo valores para que, más que ser feliz, tuviera paz en su vida y no doblarse en las crisis que son propias de esta vida que como bien decía el escritor francés Honorato de Balzac es profunda y misteriosa.
Tanto fue el amor y respeto que profesó Alfonso Reyes a su padre que el juicio severo y sumario que la historia hizo del Reyes político lastimaba y causaba ansiedad en el Reyes escritor que una vez muerto su padre lo llevo a desplazar su pluma con la siguiente prosa que fascina en el contexto de un ejemplar vínculo entre un padre y su hijo y que dice lo siguiente: “No lloro por la falta de su compañía terrestre, porque yo le he sustituido con un sortilegio, o si preferís, con un milagro. Lloro por la injusticia con que se anuló a si propia, aquella noble vida. Sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una obscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo: me desespera, ante el hecho consumado que es toda tumba, el pensar que el saldo generoso de una existencia rica y plena no basta a compensar y a llenar el vacío de un solo Segundo. Mis lágrimas son por la torre de hombre que se vino abajo”. Hasta ahí la cita.
Hay muchas relaciones “Padre e hijo” protagonistas de la historia de quienes podemos aprender esa dualidad existencial que nos toca vivir y que nos incumbe a la mayoría que se refiere a la esencia de ser buen hijo o hija para después ser excelente padre o madre, una justa y excelente aspiración que debemos tener en nuestra vida.
Aprendamos de ver el camino andado por otros.
Hasta la próxima….el tiempo hablará.





