A LA CLASE MEDIA LA EMPOBRECE, Y A LOS POBRES DEJA CON AÚN MENOS OPORTUNIDADES.
Por Mario Ramos
Ah, la televisión. Fábrica de los más famosos —infames, mejor dicho— montajes de la historia moderna. Nos han venido inundando de casos donde ciudadanos cosmopolitas (viajeros adinerados) resultan contagiados de Covid-19 luego de un lujoso viaje por Europa o Asia. Los entrevistan en sus mansiones rodeados de muebles exclusivos, informándonos así sobre sus caucásicas tragedias —pues la elite sigue siendo clasista y racista.
Ni el virus mismo se ha propagado tan rápido como el pánico a través de nuestros televisores y pantallas móviles.
Las teorías conspiratorias abundan, y todas son tan interesantes como elocuentes. El lector decide en qué creer.
Pero hablemos de la constante que rige a nuestro mundo: el dinero.
Se han cancelado los eventos multitudinarios y se ha pedido (exigido) una cuarentena, distanciamiento, aislamiento. Todo aquel que no quiera acatarlos es un insensato y está loco de remate, al menos así se entiende en las redes sociales.
El pueblo, pues, debe obedecer.
Sin embargo, ¿se exige lo mismo a los dueños de las maquiladoras, que suspendan actividades por no crear un brote entre sus numerosos grupos de trabajadores?
¿Los dueños de los grandes centros comerciales están dando el día a sus empleados por no exponerlos a contagios?
¿Las grandes cadenas de supermercados exhortan a que compremos en tiendas pequeñas para evitar las multitudes de las compras de pánico?
No, ningún medio de comunicación está pidiendo eso. Sólo que se cancelen los tianguis, donde nuestro vecino vende su mercancía o manualidades. Sólo se cancelan conciertos y eventos, esos donde un conocido pone su puesto de elotes o de tacos de bistec. La gente no sale y los propietarios de tal restaurante, de tal tienda o local, de tal bar o de tal cafetería se van a la quiebra.
Vamos, así, directos a una crisis económica mundial —más que a un cataclismo por pandemia. Una catástrofe financiera donde los pobres y la clase media son la carne de cañón, y los ricos —esos, los dueños de la industria automotriz, de la industria textil, la industria petrolera, etc.— sólo sufrirán un leve resfriado.
No dejemos que pase, salgamos y hagamos girar el poco dinero que nos dejan poseer. Eso sí, tápense la boca para estornudar.



