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El Mal Presagio

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I

Me he sentado a la orilla de mi cama, mudo y sombrío por la fúnebre oscuridad de mi santuario, y con la triste mirada clavada en la pared. Tanto tiempo estuve así, embriagándome de tan horrible dolor cuyo origen yo desconocía por completo. O al menos era lo que yo quería creer, pues un pensamiento vago atravesó por mi mente un instante, haciéndome ver cosas para mí ignoradas por mis raciocinios intelectuales, y es que por la ciencia, somos capaces de sacrificar hasta lo más sagrado para nosotros mismos; y al percatarme de éste pensamiento, decidí levantarme de mi lecho y caminar sólo unos cuantos pasos hacia la puerta.

No sé por qué, pero sentí una rara sensación dentro de mí, fue como si la adrenalina y la incertidumbre se mezclaran en el interior de mi corazón haciendo que el miedo fuese palpable.

Sí, tuve miedo, lo confieso, mucho miedo, pero cuando abrí la puerta, experimenté otra sensación con mi sentido visual, pues la brillantez de la luz que cubría mi hogar, me dejó totalmente cegado, haciéndome caer de rodillas con los ojos cerrados y cubiertos por mis manos; sólo recordaba que a mi lado derecho se encontraba la escalera que desciende a la planta baja, y a mi lado izquierdo estaba el lavabo.

Traté de abrir poco a poco mis ojos y lentamente fui recuperando mi vista, pero aún así, todo seguía alumbrado brillantemente; era extraño, pues ahora pude experimentar una sensación de paz y tranquilidad, y es que a pesar de la brillantez de la luz, también había un silencio ensordecedor capaz de hacer escuchar hasta nuestros pensamientos.

Me encaminé a bajar escalón por escalón… tratando de enmudecer el sonido que hacían las suelas de mis zapatos haciendo fricción con el piso, pero a pesar de mi intento, solamente se escuchaban mis pasos.

No había señal de vida alguna y todo seguía totalmente alumbrado, sentía como si por cada escalón que pisaba, la luz se volvía más potente.

Al fin, pude llegar a la planta baja, la sala y el comedor estaban completamente desolados; aún tenía miedo, vuelvo a confesarlo, pero tomé dirección hacia mi laboratorio para tratar de evadir ese temor que sólo me causaba incertidumbre y congoja; cuando abrí la puerta de mi laboratorio, me llevé una gran sorpresa, pues al entrar, sentí una inmensurable mustiedad por la desolación de mi área de trabajo y porque inexplicablemente, todo estaba cubierto de telarañas dándole un ambiente tétrico y deprimente.

¿Qué diablos estaba pasando?
Realmente no recordaba haber muerto, aunque siempre había presumido de estarlo.
Total, cerré la puerta y volví a la sala…
¡REALMENTE YA ESTABA HARTO DE VER TANTA LUZ!

Mientras caminaba completamente desconcertado, sentí una respiración sobre mi nuca, volví la mirada y no había absolutamente nada… ni nadie…
¡¿Qué rayos fue eso?!

Continuará…

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