DE CULTURA Y MÁS…
Por Alejandro Capistrán
Muy a pesar del cada vez mayor predominio de medios de entretenimiento casero como la televisión y el vídeo en sus múltiples formatos, el cine continúa siendo el espectáculo público por excelencia, a más de 115 años después de la primera función, posible gracias a la inventiva, técnica y comercial de los hermanos Lumière, quienes señalaron el principal camino por el cual avanzarían las imágenes en movimiento. Y es que hacia finales del siglo XIX, un desarrollo tecnológico y un descubrimiento científico procrearon al cine. El primero consistía en fijar imágenes sobre una película fotográfica y el segundo explicaba la persistencia retiniana, es decir, cómo la retención momentánea en la retina de imágenes fijas mostradas sucesiva y rápidamente creaba la ilusión del movimiento.
No obstante, el mecanismo de arrastre de la película para lograr este efecto, se le ocurrió, en una noche de insomnio a Louis Lumière, quien junto con su hermano, Auguste y su padre, Antoine, se dedicaban a la industria de la fotografía en Lyon, Francia.
El artefacto que, además de arrastrar la película mediante una manivela, a razón de 15 imágenes por segundo, servía tanto para filmarlas y proyectarlas como para tirar copias, fue bautizado por los Lumière con el nombre de CINEMATÓGRAFO (del griego Kinema, movimiento y graphos, escribir o dibujar) y patentado en febrero de 1895.
Satisfechos con el recién nacido, los orgullosos padres decidieron presentarlo en sociedad, aunque contradictoriamente lo consideraban «una invención sin futuro».
La fecha elegida para la presentación fue el gélido 28 de diciembre de 1895. El precio del boleto, un franco. No más de 35 espectadores llegaron, entre pocos invitados especiales y unos cuantos transeúntes despistados que atraídos por el cartel, entraban a curiosear.
El asombro llegó cuando vieron proyectadas sobre una manta las débiles, temblorosas y mudas imágenes de la salida de los obreros de la fábrica de los Lumière en Lyon, según informaban los propios exhibidores. Fue una programación de 10 películas, cuyas cintas medían cada una, 17 metros y duraban entre 38 y 49 segundos.
Sin darse cuenta, había nacido una industria, y es que ciertamente, aquella función inaugural, no fue un éxito de taquilla. A penas se recaudó lo suficiente para pagar la renta del local. Pero gracias a la mejor publicidad, la de boca en boca, una semana después, las funciones eran en sesión continua de 10 de la mañana a 11 de la noche.
Dos semanas después, las ganancias eran de 2500 francos diarios. Había nacido un negocio prometedor para sorpresa de los hermanos Lumière.
En vista de los favorables resultados en taquilla, dotaron a sus posteriores filmes de mayor duración (de uno a tres minutos), más producción (introdujeron los primeros trucos cinematográficos) y nuevos contenidos (acontecimientos históricos y actos oficiales locales y de otros países, algunos con fines propagandísticos).
Para obtener estos últimos y difundir su invento por el mundo, enviaron representantes a Rusia, España, Argelia, India, China y México, entre otras muchas naciones donde el novedoso artefacto fue bien acogido tanto por las élites como por las masas, convirtiéndose en la máquina a partir de la cual surgiría una de las industrias más lucrativas y de mayor influencia global hasta nuestros días…



