El Valor de la familia

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Locuras Cuerdas
Jorge Chávez

En las cosas de la familia siempre necesitamos saber, cuándo ya no podemos. Y cuándo más nos urge. Hoy quiero saber la receta de los tamales de mi madre y ya no puedo. Ángeles Mastretta.

Mi querido y dilecto lector, hoy con justa razón usted podrá etiquetarme de anticuado o nostálgico al evocar con las letras ciertas remembranzas cuyo punto de partida es la enorme cantidad de coincidencias que tiene mi vida con un fascinante hallazgo literario que tuve este semana el cual no puedo dejar de compartir por este medio.

Y lo denomino hallazgo porque no lo andaba buscando, simplemente se cruzó en mi camino. Como bien dice el columnista Eduardo Cassia: Muchos grandes descubrimientos de la humanidad han sido producto de un encuentro inesperado”. Y vaya que sí por ejemplo el caso del escocés Alexander Fleming quien andando en lo suyo que era la investigación y en cierto momento olvida al aire libre unas cajas de petri donde cultivaba bacterias, el aludido se ausenta unos días y cuando regresa las ve llenas de moho, hongos de «Penicillium». ¿Podrá creer usted apreciado lector que esto lo llevó a obtener el Premio Nobel de medicina en 1945? Este beneficio, increíblemente colateral ha salvado millones de vidas. Del accidente al hallazgo, la lista es amplia. Pero bueno, regresemos a mi hallazgo literario.

Si usted ha sentido como yo y como tantas personas que mucho de su fuerza existencial tiene que ver con esa bola de seres imperfectos, a veces ingratos que llevan nuestra sangre y que con especial dilección denominamos “nuestra familia”; permítame decirle que es obligada lectura el libro titulado «La emoción de las cosas» de la mexicana nacida en Puebla, descendiente del presidente de México Manuel Arista, la escritora Ángeles Mastretta.

Debo señalar que no he concluido la lectura de este muy ameno y cautivador libro pero no me puedo esperar ni quedar callado ante la obligación moral y hasta poética de compartir con usted algo bueno, después de tantas cosas malas que han invadido nuestro entorno nacional. Me permitiré rescatar algunos fragmentos de la lectura que me parecieron muy aportativos y que removieron en mí el siempre grato recuerdo de una familia, de unos padres y de una infancia que me selló para siempre; y que hoy anhelo compartir con mis hijos, con mis hermanos y sus hijos que son mis sobrinos y que llevan mi sangre. No solo con el propósito de sembrar en ellos la cultura narrativa sino de propiciar un encuentro con la certeza del valor familiar, no a pesar de los errores sino más bien gracias a ellos. Ángeles Mastreta nos describe sin empacho la historia de su familia; por medio de una narrativa mágica logra novelizar los recuerdos de sus raíces y nos permite asomarnos en forma integral y cruda sin perder lo romántico a todo lo que es en sí su entorno familiar, que conforme lo va usted leyendo querido lector se va dando cuenta que es también la historia de la familia de cada quien.

Mastretta proyecta en su escrito que la familia más perfecta no es la que no tiene errores, sino la que se desborda de amor incondicional entre sus miembros. En este tenor, con atinada asertividad expresa que la bondad dentro de la familia tiene plazos y tiene límites en una clara alusión a que en algún momento nos vamos a morir, ubicar ese punto en nuestra existencia puede brindar una intensidad positiva en nuestros afectos y perdones para con nuestros seres queridos.

Por otro lado debo plasmar que me sentí aludido y motivado cuando hace referencia al amor entre ella y su padre de quien aprendió que los hijos pueden dejar de pesar en el monedero de los padres pero jamás en su ánimo. En el ánimo los hijos pesan siempre.

De su madre nos dice: «que tenía los ojos claros y la vida en paz, era perfecta —lo dijeron siempre mi padre y mi abuela, aunque sus hijos tardamos en saberlo”. En esta parte de su historia arroja una crítica que en lo personal no quiero ni inducir ni adjetivar, léala y saque sus conclusiones: “Mientras ella creció era pequeño el mundo y lo gobernaba una recua de ladrones. Así lo siguieron gobernando, sin más ambición que la de prevalecer, ni más lujo que el de hacerse de lujos, una y otra de las pandillas que se heredaban el poder”. Ups.

En «La emoción de las cosas» podremos encontrar pinceladas narrativas que nos proyectan la importancia de la familia en todo momento cuando su autora nos ilumina diciéndonos lo siguiente refiriéndose a su clan: “El mundo de la familia era el más público de nuestros mundos. Toda la intensidad era hacia adentro”. Aprendamos e instiguemos esa intensidad en familia. El tema da para más. Si usted quiere esta lectura pídamela por correo.

El tiempo hablará.

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